ENRIQUE DUNAYEVICH

Historia Judía no tradicional

MARTHA, una mujer inalcanzable

                   Paola  silueta 2Papeles y más papeles, no sé en qué momento, revisando archivos, removiendo cajones me empezaron a aparecer nombres y nombres, Gracielas, Alicias, Martas, Paolas, Matildes y nuevos y los mismos, Fernandas y Martas y Marthas y Paolas, desordenados, que se repetían, se repetían sin sentido. No tenían ni forma ni contenido. La reiteración de las Marthas a veces Martas comenzó a ser invasive, a veces en forma de  abrigo. Las aplastantes Marthas comenzaron a tener materialidad, a visualizarse, a singularizarse en una, en una Martha. Sin tapado de visón, ni de otras contraecologías, sus vestimentas eran vaporosas como el tiempo lejano y caluroso del verano calamuchitense de General Belgrano. También lo era el de la adolescencia, desbordante y confusa, la de no saber dónde colocar las manos, ni con el cigarrillo.

La figura de Martha empezó a ser más precisa. El nombre tenía un cuerpo. Estará siempre en la tormenta nebulosa de un estío cuasi tropical. Su silueta delgada, espigada, engrandecida por mi imaginación. Odalisca? No! Cariátide? Tampoco! La frigidez del mármol no iba con su imagen. Tampoco la de una amazona descontrolada enredando su cabellera en el follaje, ni la de una ecuyère girando inalcanzable en la arena circense. O quizás si, deslizándose por un tobogán vertiente, chispeante, burbujeante, reluciente, con su traje de baño de una pieza (eran otros tiempos) con sus piernas vibrantes, o escalando las rocas rodadas por el agua y el viento del cañadón serrano. Y yo, también en cuatro patas, detrás, como perro jadeante, como fiera retenida y sedienta, la mirada en sus vellos pubianos que pujaban en su encierro. Otras veces sentada, prolija, minuciosa, sacándole punta a sus lápices, para volcar su creatividad sobre una hoja pentagramada.

Martha  era inaccesible, era intocable o casi, cuando a la noche, con su ropa que volaba, bailábamos sin casi cambar palabras. Me miraba, me sonreía,… me esperaba? Y yo aspirante a milonguero con ochos, quebradas y lustraditas, con entrepiernas atrevidas y suspensos anhelantes con la maestría provinciana de una Corrientes Angosta, del Tibidabo de Troilo y Fiorentino o del Chanteclair de di Sarli y de D’Arienzo.

Frustrado me entretenía digitando teclas y botones en el “fueye” de Riverito (tocaba con Canaro), que resoplaba los “gemidos quejumbrosos” de los tangos que aprendía

Y fue una noche (como no diría el tango, “nolesperaba”) una noche de reveillón de Año Nuevo. Los turistas en nuestro hotel con orquesta propia. Sentado entre dos mujeres, hablábamos, discutíamos. Con mi ateísmo juvenil cuestionaba las masacres antisemitas de la Cruzada de los Pobres y la Inquisición Albigense. Se acercó Eva, mi amiga de infancia y me llamó aparte: “Que hacés pelotas, decidite por una, boncha, así no vas a levantar a nadie´”. Me di cuenta, yo no estaba allí.

Salí a buscarla, por el arbolado del acceso, por los jardines y lo setos laberínticos del parque, por el derredor de la fuente que se burlaba de mi angustia. Tembloroso, llegué al borde plateado del río. La busqué toda la noche.

Al día siguiente me enteré. Había salido con Kurt, el hijo del hotelero, un ex SS lisiado, con un brazo malherido en alguna de sus batidas asesinas. Sus padres le habían regalado un Auto-Unión con cambio en el tablero, una innovación tecnológica. Se vanagloriaba por su habilidad en manejar el volante, hacer los cambios y poder jugar con sus manos. Me sentí, agraviado, ofendido, rabioso, asqueado.

Supe de una cabalgata organizada para remontar el río hasta sus vertientes; la “madre de las aguas”, se decía, reinaba sobre un lago que en cascada se abría paso por la quebrada. En esas aguas heladas me metí de cuerpo y alma. Al día siguiente amanecí plegado en cuatro por los retorcijones lumbares. La hechicera acuífera no había actuado de acuerdo a mis objetivos: los de apagar mi fuego. Tampoco acertaron con los regalos, ni para Reyes, ni para mis cumpleaños: no era lo que quería.

Me prescribieron un corsé de yeso por cuatro meses. Era la medicina de la época. La momificación duró lo que duró. No fue suficiente. Tampoco el Tigre con sus aguas barrosas del Rama Negra. Me fui a Europa.

En el Surriento, un crucero napolitano, hubo quienes tuvieron el privilegio de ver la línea del Ecuador con los anteojos que les proporcionaban. Esa línea marcó el trazo de una, mi nueva vida.

En Paris, en el Boulevard Saint Germain con Brigitte Bardot meneando su colita, mientras Jean Paul Belmondó su saltimbanqui, la esperaba en el Deux Magot o en la esquina del Boul’ Mich. La Rue Monsieur Le Prince con el folklorismo de Leda y María, el ancestral y vetusto Marais judaico con la soupe a l’oignon, los bouquinistes del Pont des Arts, sostuvieron mi nostalgia. Hice nudismo en Saint Tropez supuestamente espiado por los ojos furtivos de BB (Brigitte) desde su “Mandragore”. No falté a la cita con mi amigo holando-argentino navegando entre los juncales de los canales pantanosos del Rhin o deambulando por la planicie zelandesa atravesada por las velas que cortaban el horizonte. Me regocijé con los Feux de la Saint Jean de Hamburgo y en la deliciosa KΦbenhavn con sus cálidos daneses tan diferentes de sus hermanos, los vikingos suecos.

Fui lava copas en el barrio de la Vieja Iglesia (la Gamla Kirche) en la isla central del viejo Stockholm, apilador de revistas en la Sveavagen Print y aprendí sueco en un reformatorio para conductores alcohólicos.

Más allá me esperaban la fulgurante Aurora Boreal de Groenlandia, los geyser del Circulo Dorado de Islandia y las sofocantes minas de hierro de Kíruna, otrora preciado objetivo de los alemanes invasores. Hubo más, los bosques de biörks en Nordland y las noches heladas en un aserradero de Sundsvall (la tierra de Ingrid Berman). En el camino quedaron los cazadores de ballenas de las Spitsberg que no me dejaron continuar la aventura. Tampoco entrevisté al inagotable, el quasi homónimo Ingmar Bergman, en su isla del Faro del archipiélago báltico. Seguía siendo un bûcheron assis que se energizaba en las saunas finlandesas y en los jacuzzi suecos.

Aunque, a diferencia de Oliveira en Rayuela no había encontrado a mi Maga, como él, volví a Buenos Aires.

Sobre el recién construido Puente Saavedra sobre Libertador, con reflectores que no funcionaban. En un colectivo un  pasajero colgado del pescante,  alegremente conversaba con el colectivero: “¿Qué hacés pajarito”? mientras éste cortaba boletos, acomodaba los billetes, contaba las monedas y pedía “a los amables pasajeros, un pasito masatrás”. Estábamos en Buenos Aires: un rosario y la imagen de San Cristóbal nos protegían.

Lo que en mis gélidos envites nórdicos, no dejé de ceñir, fue mi faja roja de “toreador”. Llevaba además, en algún bolsillo semioculta, la regla de cálculo. Durante unos años, seguí siendo Ingeniero. Me pregunto ¿o acaso ella tenía otro nombre?

 8 de Enero de 2016      

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