ENRIQUE DUNAYEVICH

Historia Judía no tradicional

Su arma secreta

Cuando leí “Las armas secretas” de Cortazar, este relato que se llamaba “Paris con acento normando: estaba prácticamente terminado, no lo publiqué porque no me sentía (ni me siento) muy seguro de mis manejos del humor y el tema podía resultar demasiado rebuscado. Soy, como tantos otros, un admirador de Cortázar, de su sentido del humor, su ironía, su creatividad, su imaginación, sus enfoques existenciales, su manera de mezclar, entrecortar, de encadenar situaciones, un juego continuo de sueños desordenados, como recortes del celuloide. Me sonreí y ruego a los lectores que me disculpen, que no se burlen de mí, si Cortázar podía utilizar figuras como “el árbol en su centro”, yo bien podía recurrir, sin pretensiones a otras de valor metafórica igualmente discutible. De lo que no puedo dejar de reconocer, es que con orgullo e íntimo regocijo, me identifico con él por los lugares por donde ambos alguna vez transitamos: los Bosques de Palermo con su Villa Cariño, el Bois de Boulogne, la calle Humbolt, el Jardin de Luxembourg, les Boulebards, el Pont des Arts,  la Cité, Corbeil. Por el resto, tiro los dados “pour la meuilleure chance comme aux quatrecent vingtun”.

Con su francés mezclado con rital (equivalente de “tano” en argot) Lulio estaba entusiasmado con la llegada de la temporada turística.  Era el comienzo del nuevo Milenio; había transcurrido casi otro tanto y Guillermo el Bastardo y sus normandos recruzaban la Mancha. Volvía a Paris con una armada enriquecida con los predecesores y predecesoras anglos, sajones y celtas.  Los Capeto contaban ahora con el refuerzo de los centuriones romanos; estaban ahí para recibir las ansiadas invasoras para agasajarlas, para someterlas. Los ojos de Lulio brillaban espejando su imagen revolcándose en la arena  con una de un cuerpo con cabellos dorados La sangre latina bullía en sus venas.

“Faite vos jeux”. Para empezar, la  excitante Lutece, l’Ile de la Cité, con en su punta el islote de los parisi, el banco de los primeros parisinos, con el vigilante Henri IV, el Vert Galant  y en el otro extremo, Nôtre Dame donde entre gárgolas y arbotantes, Quasimodo habría celosamente custodiado la adorable Esmeralda de Victor Hugo, que el infame arcediano no pudo poseer. Quasmodo (“quasi modo” géniti infanti)”  era el nombre que su padre adoptivo habría dado para el deformado recién nacido  infant.

Después, los “boulevards” periféricos de las antiguas fortificaciones, secular refugio de malandras y de prostitutas y el Bois de Boulogne, con sus ocultos refugios . No era cuestión de malgastar en la antigualla del Moulin Rouge, aunque sí de recorrer las equívocas callejuelas de Clichy,  la nostálgica Place de Tertre, evocadora de los “toulouses” del novecientos y el deslumbrante espectáculo con la emblemática torre que atravesaba las nubes y se perdía en el cielo.

El alcohol no era necesario.  La locura embriagadora podía todavía esperar el momento de  salvajismo y de éxtasis. Hasta podía imaginar en su mansarda  del sexto piso sin ascensor, los rayos de la aurora boreal  contorneando sus  cuerpos extenuados.

Fue después, cuando el arco del triunfo de sus piernas se abrió sobre su arma secreta,  su étoile vibrante, cuando, con acento vickingo, les crits de gloire de PARIS, PARIS, PARIS  parecieron proclamar que era Paris quien salvaba a su reina, fué entonces cuando, sintió que su viril estrella latina se perdía en el desafío.

                                                                               26 de Setiembre de 2012

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