ENRIQUE DUNAYEVICH

Historia Judía no tradicional

SPINOZA Y LOS JUDÍOS PORTUGUESES

Enrique Dunayevich

Buenos  Aires 21 de abril de 2016

10 SpinozaLos llamados judíos portugueses, una rama de los sefaradíes, ocupan un lugar importante en la historia de los Países Bajos en particular en relación con Ámsterdam; Baruch Spinoza formaba parte de ellos. Es frecuente  la  mención de  los mismos conectados con los países de Europa Nord Occidental, América Latina y el Caribe. Siendo originariamente judíos españoles cabría relacionarlos también con  qué esa ubicuidad. Yosef Kaplan en Judíos nuevos en Ámsterdam ha estudiado algunas de sus particularidades. Veamos cómo se dio su historia económica, social e intelectual

 Portugal y los judíos portugueses

El  condado de Portugal como parte integrante de los reinos de Asturias, Galicia o León participó en las luchas por la Reconquista contra los musulmanes. En 1139 Alfonso I de la 10 mapa-reconquistaCasa de Borgoña proclamó a la independencia de Portugal. Comienza su consolidación al tiempo que su participación en la Reconquista al lado de los reinos españoles. Los judíos que habían comenzado a establecerse en el país desde la época romana, en ese período recibían en general un trato favorable: tenían cargos importantes como el de recaudadores de impuestos y aun el de supervisores de las recaudaciones. Durante Dionisio I (1261-1325) el monarca resiste  los intentos del clero de aplicarles una política restrictiva.

10 Ruta de la Seda

La Ruta de la Seda

En 1385 accede al trono la Dinastía Avis que va a contribuir en el empuje y afianzamiento del país. En el concierto del mundo que lo rodeaba, Portugal buscaba un rumbo. Los viajes de Marco Polo en el siglo XIII habían despertado el interés de Europa por el Extremo Oriente. La Ruta de la Seda y de las Especias a través de Cercano y Medio Oriente dominadas por los mongoles y los otomanos  interferían el paso de los europeos ¿Cuáles eran las alternativas? Por un lado apuntar al sur contorneando el continente africano que se interponía entre Europa y la India y por el otro, la quimérica Ruta al Continente Asiático a través del Atlántico que atormentaba cada vez más los espíritus inquietos y aventureros. Sobrevino una situación de competencia entre los reinos españoles y el de Portugal.

En  1415 Portugal, en la búsqueda de la conexión del Atlántico con el Índico, inició la carrera a lo largo de la costa atlántica africana, fueron pasos sucesivos: el Cabo Blanco, las islas Madeira, las Azores, las del Cabo Verde y la península del mismo nombre en Dakar. En 1498 Vasco da Gama doblaba el Cabo de Buena Esperanza, abriendo el paso del Atlántico al Índico y expandiendo la presencia portuguesa entre la costa sudoriental africana y la India.

En 1492 la corona española, hizo pie en el Continente Americano. Aunque supuestamente Colón había llegado a la costa oriental de Asia, en sus sucesivos viajes las ansiadas Islas de las Especias no terminaban de aparecer.

Vespucio Tordesillas

Tratado de Tordesillas

El descubrimiento  inquietó a los portugueses en cuanto a la posibilidad  de quedar relegados a las costas africanas e islas cercanas. Ante un eventual conflicto, en 1494 España y Portugal firmaron  el Tratado de Tordesillas por el que se establecía una línea de demarcación a 370 leguas al oeste de las islas del Cabo Verde: los territorios o islas descubiertos o a descubrir al oriente de la misma serían  adscritos al área de acción de Portugal, los situados al occidente al dominio español.

Tanto españoles como portugueses iniciaron una serie de expediciones a lo largo de las

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Islas de las Especias

costas recientemente descubiertas  en la búsqueda  de un  paso a las Islas de las Especias. En la sucesión de esos viajes terminaron por “descubrir” que las tierras descubiertas formaban parte un nuevo continente, un ámbito cuyas riquezas, además de más cercanas  eran tan envidiables si no más,  que las de las islas asiáticas.

 

Cuando en 1500 Pedro Álvarez Cabral  desembarcó en la costa brasileña en  la zona de Bahía, había hecho pie en una región que según el Tratado  de Tordesillas entraba en la zona que correspondía a Portugal.

El descubrimiento del Nuevo Continente colocó a Portugal, en una situación de privilegio en cuanto tenía la posibilidad de una doble alternativa, la de poder acceder a las riquezas de América así como la de seguir adelante  por la ruta comercial a Oriente por el Cabo de Buena Esperanza. Era una formidable empresa para la cual los portugueses iban a poder contar con el inestimable apoyo de los judíos sefaradíes, de larga data en el país aunque todavía no muy numerosa. Portugal era un país donde  los judíos no eran perseguidos, lo que  configuraba un contexto favorable para los propósitos de desarrollo económico y comercial que el país buscaba. A partir de  1481  reinaba  Juan II el Perfecto, de la Dinastía de Avis. En España, a fines del Siglo XIV se había iniciado una furiosa campaña de persecuciones y de conversiones forzosas de la numerosa población judía afincada en el país desde hacía más de un milenio. Esta situación dio lugar a una ola emigratoria de criptojudíos o presuntos criptojudíos; Juan II, hombre pragmático y emprendedor vio en los judíos la posibilidad de contribuir al  engrandecimiento del reino y ratificó su política de apoyo y de no interferir en sus creencias y actividades.

Lamentablemente esa situación no iba a durar muchos años. A pesar de la tradicional competencia geográfica entre Portugal y España, Portugal había frecuentemente  soñado con un acercamiento a los reinos españoles. En 1495 muere Juan II, sin herederos directos, le sucede Manuel I. En 1469 España había terminado de unir sus reinos bajo la égida de los

Portugal y los Reyes Católicos

Portugal y los Reinos Católicos

Reyes Católicos. El acercamiento buscado podía devenir unificación a través de acuerdos matrimoniales. Manuel I propone matrimonio a Isabel, hija de Isabel I de Castilla y de Fernando II de Aragón. Isabel hija, no era heredera directa, tenía un hermano varón Juan a quien correspondía la sucesión; Isabel era heredera segunda; el casamiento entraba dentro de las políticas dinásticas  de la época. Pero España desde mediados del  Siglo XIV prohijaba una fanática ideología  antijudía. Los padres de la novia, acordarían la unión a condición de que los judíos y criptojudíos de Portugal fueran expulsados. Luego de vacilaciones Manuel I aceptó.  El ucase antisemita comenzó a ser implantado.

Anecdóticamente, Isabel (la hija), con la muerte de su hermano, llegó a ser Princesa de Asturias, es decir heredera directa del Reino de  Castilla, por lo que con la muerte de su

10 Imperio Austro Ibérico

Imperio Austro-Ibérico

madre habría sido Reina de Castilla  y  Manuel I príncipe consorte; pero del destino cambió la línea sucesoria: Isabel I de Castilla murió en 1505, Isabel hija no le pudo suceder, había muerto en 1498. Juana I La Loca  sucedió a  Isabel I, la Católica, era otra de sus hijas, casada con Felipe I El Hermoso de Habsburgo, ambos, padres de Carlos V (Carlos I de España). Recién en 1580 bajo Felipe II hijo de Carlo V/I, se va a dar la inclusión de la corona de Portugal con la de España que con la Casa de Austria (de Habsburgo) conformaron “el Imperio donde no se ponía el sol”. Pero esa es parte de una historia, que veremos más abajo.

La puesta en marcha del compromiso contraído por Manuel I fue paulatina; los judíos ocupaban posiciones importantes en la economía portuguesa y no podían ser expulsados de un golpe. Las emigraciones se aceleraron en 1536, cuando la iglesia estableció la Inquisición en Portugal; la expulsión de los judíos portugueses, ería total recién en 1580 cuando Felipe II (hijo de Carlos I), logró incluir a Portugal en el Gran  Imperio Austro-Hispano.

Ámsterdam, centro de convergencia

Las Diásporas Judías atravesaron por diversas etapas. Dejando de lado la cuestionada dispersión de las Tribus Perdidas, comenzó con la Destrucción del Primer Templo, la expulsión a Babilonia, continuando en múltiples direcciones con la Expansión Helenística. La Diáspora Sefaradí, comenzó en España en el Siglo  XV, con Portugal y  los países e islas de la cuenca del  Mediterráneo Central y Oriental como destino. En el siglo XVI, la inmigración de los sefaradíes españoles a Portugal, notablemente incrementada por las persecuciones de la Inquisición portuguesa entró en una segunda etapa y tuvo que buscar una nueva salida

¿Qué destino podían elegir estos judíos españoles devenidos de ahora en más Judíos Portugueses? Los judíos habían sido expulsados de Francia en 1394, pero Luis XI había reabierto la posibilidad del reingreso dada la sustancial re.cción de población que la Guerra de los Cien Años había provocado; fue así como, con Francia como  destino principal, los judíos portugueses partieron.(Navarra fue una etapa intermedia hasta la ocupación española en 1512).

El periplo de los Judíos Portugueses a través de Francia podría semejar  al Éxodo de Egipto  con los 42 años  por el Sinaí . Después del “cruce”  de los Pirineos, con una duración similar, la estadía en Francia culminó con la llegada a Ámsterdam; no era “la  tierra  prometida”,  pero les brindó un future venturoso.

Map_Burgundian_Netherlands_1477-es.svgLas diez y siete Provincias de los Países Bajos, que incluían además de Holanda, los territorios actuales de Bélgica y Luxemburgo, estaban bajo la dominación del Ducado de Borgoña, que por el casamiento de María de Borgoña con Maximiliano I Habsburgo de Austria en 1477 pasaron a formar parte de la Casa de Austria. La expansión de la Casa de Austria continuó en 1496 con la incorporación de los territorios hispánicos de los  Reyes Católicos con el casamiento de Felipe el Hermoso con Juana I La Loca. En 1580, con la incorporación de Portugal, durante el reinado de Felipe II (1556-1598) hijo de Carlos V/I, devenía “el Imperio donde no se ponía el sol”.

El siglo XV fue el inicio del desarrollo económico de los Países Bajos. Amberes en la región de Flandes al Sur,  devino en el siglo  XVI el puerto más importante de Europa del Norte,  como centro de comercio de toda Europa. Los Países Bajos, ahora bajo férula antijudía hispánica, no era todavía un territorio donde los Judíos Portugueses podían pensar en emigrar.

En 1568 estalla la rebelión de las siete provincias del Norte de los Países Bajos. Entre sus reclamos: una mayor independencia económica, la abolición de la Inquisición y el respeto a la libertad religiosa (una parte importante de la población era calvinista); es el comienzo de la Guerra de los Ochenta Años.

En 1595 las fuerzas austro-hispánicas sufren un rudo golpe; fue la afirmación de las provincias rebeldes que en 1608 constituyen la República o Provincias Unidas de los Países Bajos con Ámsterdam como capital. Es el comienzo de su florecimiento y de su prosperidad. Comienzan a fluir a Ámsterdam los judíos portugueses de Francia y los judíos sefaradíes de Italia, del Norte de África, del Levante, a los que se unieron criptojudíos de España y de Portugal, huyendo de los horrores de la Inquisición. Ámsterdam no tardó en convertirse en el mayor centro de comercio del norte de Europa.

La Guerra de los Ochenta Años finalizará en 1648 con el reconocimiento de la independencia por parte de España. De mayoría protestante, constituyó lo que hoy es el Reino de los Países Bajos o Reino de Holanda (Netherlands)

10 Provincias Unidas

Provincias Unidas de los Países Bajos

La incorporación de los sefaradíes a los territorios de las Provincias Unidas, tuvo lugar no sin alternativas. El clima social y religioso de la época y la tradición política no era particularmente favorable a los judíos. Guillermo el Taciturno de Orange, fundador de la actual familia real holandesa que participó en la rebelión supo valorar la incorporación de la “Nación portuguesa” a los territorios de la nueva República. En 1579, la Unión de Utrecht, sentó las bases de la nueva república y se estipuló que nadie debía ser molestado por sus creencias religiosas. En los círculos calvinistas se comenzó a percibir una apertura hacia el judaísmo. Tuvo que pasar algún tiempo antes de que los judíos y los cristianos nuevos obtuvieran el reconocimiento efectivo de ejercer sus creencias sin trabas. En 1603, por ejemplo, las autoridades municipales autorizaron a los comerciantes judeo-portugueses a practicar su judaísmo con la condición de que lo llevaran a cabo en privado y no en sinagogas públicas. Con el fin de la Guerra de los Ochenta años con el reconocimiento oficial de la comunidad sefaradí, la posición legal de los judíos dejó de estar en tela de juicio.

El hecho era que este conglomerado de sefaradíes se caracterizó por una curiosa diversidad de sectores. Estaban los judíos “judíos”, los que a pesar de los hostigamientos y vicisitudes se habían mantenido fieles a los principios, ritos y costumbres judaicas. Entre los conversos no faltaban aquellos que conservaban su apego a algunos elementos del judaísmo: mantenían los ritos y/o costumbres judías en la intimidad, se reunían o celebraban con sus congéneres en el fuero de sus hogares, actitudes que no manifestaban y hasta las ocultaban en su vida de relación con el resto de la población, eran “verdaderos criptojudíos”, hasta que las autoridades les otorgaron el derecho de profesar públicamente la religión. Estaban también los que mantenían solamente las costumbres judías (el Sabbat con las habitudes gastronómicas, higiénicas y ‘domingueras’), aunque a veces se sentían y vivían como cristianos, para la Inquisición hubieran sido también criptojudíos inapelablemente condenables. Finalmente, aparecían por otro lado los que renegaban de la apostasía de la conversión y volvían al judaísmo en pleno: se los consideraba como “judíos nuevos” y en el otro extremo los que habían aceptado la apostasía, es decir renegado de su judaísmo y aceptaban la conversión al cristianismo en pleno: eran auténticos “cristianos nuevos”. En ese clima de tolerancia y de libertad se dio el nacimiento de otro sector: una gama de judíos o de conversos que renegaban de la halajah y sus mitzvot, que se pronunciaban en contra de cualquier tipo de implicancia congregcional, desembocando en un deísmo universalista o en un ateísmo en dirección a un racionalismo entroncado filosóficamente con el pensamiento moderno. Toda esta vario pintada sectorización conformaba la comunidad que se siguió llamando de “judíos portugueses” de Ámsterdam.

El siglo XVII fue el Siglo de Oro neerlandés, con un notable florecimiento en el comercio, la industria (especialmente naval), las artes (especialmente la pintura y las ciencias). Usando su poder naval y su extensa flota comercial, se creó un Imperio universal, una potencia marítima con un alcance que se extendió hasta Asia, África, y América. Los judíos portugueses siguieron afianzando su posición jurídica, legal y comercial. En ninguna ciudad del mundo los judíos gozaban de una tolerancia tan amplia.

Los judíos portugueses de Ámsterdam se convirtieron factores esenciales del mundo sefaradí occidental; suplantaron en importancia a los de Venecia que les había precedido en importancia. Jugaron un papel de singular importancia en el tráfico colonial con el Nuevo Mundo, fundamentalmente en Brasil, Guayanas y en el Caribeños”; los piratas judíos” del Jamaica, serían una probable exageración turística.

El centro financiero que constituyeron fue un punto neurálgico del mundo económico hispano portugués. Aportaron también una contribución decisiva a la creación de nuevos centros sefaradíes en el noroeste europeo a principios del siglo XVII, particularmente en Hamburgo que por la desarrollada infraestructura de su puerto fue por un tiempo heredero natural de Amberes.

 

Crecimiento y desarrollo

En ese contexto de sectorización, de crecimiento y de desarrollo en Ámsterdam se fueron formando las diferentes congregaciones, equivalentes a los kehilot de los askenazis de Europa Oriental. La primera, en 1602 bajo el nombre de “Bet Jacob” (Casa de Jacob) al cabo

10 Amsterdam

Amsterdam

de pocos años con un local que terminó de resultar insuficiente para mantener el carácter privado del culto; en 1608 se inauguraba una segunda la llamada “Neveh Shalom”( Morada de Paz) con su respectivo local y posteriormente una tercera “Bet Israel” ( Casa de Israel). La comunidad crecía, los centros eran dirigidos por rabinos y expertos en la Ley judía procedentes de diferentes comunidades sefaradíes principalmente de Venecia, rabinos con un papel decisivo en la rejudaización de los judíos nuevos marcados por el desarraigo de más de un siglo. Como es habitual en las comunidades judías las disputas sobre cuestiones rituales y asuntos vinculados a la exégesis rabínica eran frecuentes. Las diferencias no eran significativas, no impedían que se mantuviera una intensa colaboración en las actividades mutuales.

La comunidad sefaradí seguía creciendo. En 1614 se estableció un cementerio judío a pocas leguas de Ámsterdam cuyas pomposas lápidas reflejan una marcada influencia católica. En 1675 la comunidad contaba con más de 2500 individuos, se inaugura una sinagoga conocida como “Esnoga”; el judaísmo sefaradí había sobrepasado de lejos las limitaciones a expresarse públicamente, la elocuencia de su prosperidad los había llevado a poder ocupar un lugar en la gran capital del mercantilismo europeo.

Como en la mayoría de los países del mundo las organizaciones judías comunitarias de Ámsterdam tenían una estructura jerárquica plutocrática. A su cabeza estaba el Maamad una junta directiva constituida por siete síndicos pertenecientes al núcleo de las familias más adineradas e influyentes. En general prósperos comerciantes con vínculos económicos que se extendían desde Europa occidental al nordeste brasileño y a la zona del Caribe, una poderosa elite social con sus usos y costumbres y sus gustos estéticos que no siempre pretendían imitar a la aristocracia europea. Algunos nombres destacados por su importancia y el nivel de sus actividades: el Barón Antonio López Suasso, el más acaudalado miembro de la comunidad en el siglo XVI, su hijo, Francisco López Suasso, los hermanos Pinto que de Rotterdam pasaron a Ámsterdam y los hermanos Pereyra de los cuales Abraham Israel fue proveedor de víveres y armas del gobierno de Madrid durante Felipe IV para pasar luego a líder comunitario en Ámsterdam. Esos magnates que en su participación comunitaria colaboraban en las actividades religiosas y de beneficencia de las instituciones, eran además mecenas de escritores, patronos de academias literarias y de actividades seculares dirigidas también al público hispano lusitano no judío.

Además de las actividades comunitarias, de las financieras y comerciales y las del mecenazgo, los judíos de Ámsterdam del siglo XVII tuvieron una participación importante en la impresión y difusión de libros: textos judíos sefardíes y askenazíes en hebreo, español, portugués e yiddish, libros de oraciones, teológicos y tratados morales y obras clásicas judías. El famoso Talmud de Babilonia con fragmentos censurados en ediciones anteriores, el primer periódico editado regularmente por judíos (la Gazeta de Amsterdam).

 

Tolerancia e intransigencia

En la Holanda en el siglo XVII, comienzos de la edad moderna, en el equilibrio sociopolítico que la caracterizaba surgió un clima religioso no sólo de aceptar todo tipo de religiones y de desviaciones, sino en el que cada una pretendía que su “verdad” era la “verdadera”, una verdad que defendía con un fanatismo que convertía a las otras en sus enemigos.

La conjunción de tolerancia e intransigencia era un fenómeno hasta ese momento nunca visto. Así, los netherlandeses de confesión mayoritaria calvinista, enfrentados con los luteranos, eran fervientes antiespañoles opositores a la confesión romana. Una situación equivalente a la de los sectorizados judíos portugueses en donde no escaseaban los que habían entendido que el mundo estaba dando pasos hacia la secularización y la modernidad.

En ese contexto de pluralismo y de enfrentamiento no es sorprendente que las autoridades republicanas encargaran en 1615 a uno de sus integrantes  Hugh van Grotius la redacción de un documento como marco legal de las condiciones en las que se debía desenvolver la sinagoga amstelodana según el cual:

todos los judíos mayores de edad deben hacer una declaración de respeto a su fe, especialmente a su creencia en un Dios único, creador y rector del Universo y origen de todo bien, a quien es obligación honrar, servir y venerar; …[.en el marco de que] después de la muerte existe otra vida en la que el justo será premiado y el pecador castigado….. que quien enseña de manera pública o secreta principios opuestos, será pasible de la pena de muerte o de otros castigos conforme a la gravedad del delito.”´

Más adelante, evidenciando su preocupación sobre los cambios por los que la sociedad estaba atravesando, Grotius agrega:

Entre los judíos, al igual que entre otras comunidades religiosas, no es raro encontrar ateos. Un buen gobierno político no debe tolerar los ateos. Que deben ser separados y castigados sin misericordia…pero si algunos osaran formular vanos principios de su doctrina como negar la Resurrección de los Muertos o el Juicio Final o que los ángeles son reales, es nuestro deseo que sean castigados con la pena máxima…”

Se trataba de un documento inédito aparentemente sorprendente; mientras en toda Europa se perseguía a los judíos por el hecho de serlo, en Holanda regía el requisito opuesto: el de profesar un judaísmo monolítico y cerrado. Las religiones se conformaban con una diversidad de verdades que aunque enfrentadas en diversas creencias tenían un elemento en común, la aceptación de la existencia de un Dios Único por lo que el ateísmo era inaceptable, a diferencia de la época pagana durante la cual resultaba incomprensible la idea de un Dios Único.

 

Las excomuniones, una triste herencia fundamentalista

El rigor que postulaba Grotius era la expresión de la profunda preocupación por el mantenimiento de los valores de la halajah  que los cambios socio-ideológicos y la persistencia de movimientos centrífugos en el judaísmo de Ámsterdam evidenciaban. Una situación que el fundamentalismo  creía poder combatir a través de la aplicación los castigos inoperantes de la excomunión, el Hérem.

Humillado públicamente, castigado y azotado, el transgresor además de ser penado con la denegación total de servicios religiosos era social y económicamente aislado, prácticamente excluido de la sociedad, era un muerto civil: él incluida su familia.

Uriel da Costa había sido un detractor de la Ley Oral. Había sido excomulgado, se había arrepentido; en 1640 lo volvieron a excomulgar. La congregación judeo-portuguesa de Ámsterdam traía la tradición de la degradante humillación de la Inquisición Española, sin sus terribles flagelaciones y torturas. El relato de da Costa es angustiosamente desgarrador. Después de la confesión de sus pecados, por los que era “mil veces digno de la muerte” (había cometido la violación del Sabbat e incidido  para que sus seguidores dejaran el judaísmo) y prometiendo no reincidir en semejantes iniquidades, atado a una columna, entre cantos y salmos, comenzaron los azotes,  que debían ser menos de cuarenta. Como acto final postrado en el umbral de la Sinagoga, fue pisoteado  por todos los que, con sus sabáticos vestidos salían del templo (incluso ancianos y niños). Poco tiempo después, Uriel da Costa, se suicidaba.

Pero el hecho era que las disposiciones del Hérem eran en realidad contraproducente, impulsaban a abandonar la congregación a los judíos cuya identidad religiosa era dudosa.

No caben dudas que en Ámsterdam vivían no pocos “miembros de la nación” para quienes la no observancia de la identidad religiosa no era un requisito contrario al mantenimiento

10 Judio  de Rembrant

Rembrant vivía en el barrio judío

de la  solidaridad étnica, y que en pleno rompimiento con la ley mosaica, optaban por un modo de vida ajeno al judaísmo. A los pocos años del documento de Grotius, la comunidad judía portuguesa tuvo la sabiduría de entender que el rigor de las penalidades del Hérem había dejado de tener un valor disuasivo. Encontraron una solución: los transgresores no serían expulsados de la congregación, no se les aplicaría el Hérem, simplemente se les revocaría el derecho de ser miembros de la comunidad. Los judíos no demasiado afectos a los rituales del judaísmo pero que no querían perder su relación étnica, afectiva con el mismo podrían ejercer sus actividades libremente; no serían forzados a romper vínculos sociales y económicos con los de la comunidad y por supuesto con los no judíos, podrían pedir ser separados de la misma sin que ello implicara la excomunión. A partir de ese criterio, en pocos años los  excomulgados no pasaban del par de decenas.

Fue un paso más en el avance de la secularización. La congregación quedaba reducida a los puros,  sin que ello implicara la rotura con los “herejes”, devenidos “Judíos sin Sinagoga”.  Era el triunfo de la tolerancia y los judíos portugueses, liberados de la carga ritual podían ejercer libremente sus actividades. Con un  sentido supuestamente compensatorio se llegó a aplicar el Hérem a aquellos judíos que “llevaban un modo de vida perniciosa o tenían opiniones malignas”.

Esta coyuntura condujo a otros ajustes. Ámsterdam era un centro mercantil y financiero donde los sefaradíes estaban involucrados en las actividades bancarias y en el comercio internacional. Que los judíos trasgresores pudieran ejercer sin trabas sus actividades fuera de las congregaciones, dio lugar a que la sinagoga, comenzase a ser ámbito de frecuentes  transacciones comerciales  o de intercambio de informaciones financieras. Las autoridades religiosas advirtieron la situación en cuanto las instituciones comenzaron ser

10 Novios Judíos

Rembrabt Novios Judíos

despojadas  de los valores  religiosos propiamente dichos. Se implementaron numerosas regulaciones y prohibiciones con el fin de poner término a esa situación. Es de suponer que en este orden los sefaradíes de Ámsterdam recibieron no poca influencia del mundo no judío,  en particular de las iglesias calvinistas con su decoro y solemnidad. El Maamad  estableció la obligación de guardar una atmósfera de gravedad dentro de la sinagoga excluyendo cualquier actividad que no estuviera relacionada con el ritual. Los agentes de bolsa tenían prohibido discutir en la sinagoga asuntos relacionados con sus negocios, recíprocamente en la bolsa se estableció la prohibición de referenciarse a temas halájicos y a cualquier asunto específicamente judío.

El tema de conservación de la tradición judía tuvo otras implicancias, los criptojudíos provenientes de España o de Portugal que habían retornado al judaísmo, se resistían a

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Rembrant Viejo Judío

adoptar o  readaptar nombres judíos; era frecuente que siguieran usando los nombres cristianos que habían adoptado  como conversos en su vida de relación y actividades comerciales. Se trataba de una situación triangular en la que por un lado, el judaísmo, ante la hostilidad del antisemitismo cristiano, luchaba por su existencia como tal e internamente batallaba por mantener los rituales halájicos y tradicionales enfrentado a las tendencias centrífugas de secularización. En el mismo sentido los judíos portugueses en su huida de los horrores del oscurantismo tardío, arrastraban las bases del despertar de la  Reconquista Media (Alfonso X el Sabio) incorporando los valores de los comienzos del Siglo de Oro español. Empapados en la cultura hispano portuguesa del barroco trasplantaron a la metrópoli holandesa un amplio espectro de conceptos intelectuales, ideas políticas y valores sociales de los que se valieron para consolidar su identidad y aflorar el comienzo de modernización del judaísmo.

Los libros de las bibliotecas privadas de los sefaradíes de Ámsterdam reflejan el pensamiento político contemporáneo. En la biblioteca de Spinoza, además de las múltiples referencias a tratados políticos de la época (los de Thomas Hobbes, John Locke, Huig van Grotius, Maquiavelo) aparecen las obras de Francisco de Quevedo, de Baltazar Gracián, de Diego de Saavedra Fajardo.

 

Entre la tolerancia y la intransigencia

Las siete provincias del norte devenidas independientes desde 1579, conformaron a partir de 1648 la República o Provincias Unidas de los Países Bajos. Un logro que aparentemente ponía fin a las Guerras de Religión y a las interminables guerras de los Ochenta Años (Paz de la Haya) y los Treinta Años (Paz de Westfalia).

Cada Provincia, gobernada por comerciantes urbanos estaba regida por un Regente (Estatúder) y representada en los Estados Generales que decidían las cuestiones importantes relativas la República. El cargo de estatúder era en general ocupado por un

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John De Witt

representante de la Casa de Orange. En 1650 Guillermo II de Orange-Nassau murió sin dejar sucesores legítimos. Se estableció una pugna por el poder entre  el sector de comerciantes ricos en oposición a la Facción de Orange más  popular en la clase de los artesanos. Con el triunfo de los primeros se estableció la vigencia de la República bajo la indiscutida regencias de John De Witt (1652 a 1672) como Gran Pensionario.

 

Desde el punto de vista de las creencias, los Países Bajos estaba viviendo una situación muy particular. Era el país de la tolerancia. Era el período en el que proliferaban los desprendimientos de las religiones dominantes: los protestantes (luteranos), los calvinistas en Ginebra, los zwinglianos en Zurich, los Hugonotes en Francia, y las llamadas Iglesias Reformadas de donde surgieron las iglesias baptistas, anabaptistas, evangelistas, presbiterianas, puritanas, metodistas.

Los enfrentamientos no se limitaban a los Países Bajos. En Londres, Cromwell buscaba la manera de introducir Inglaterra en el Nuevo Mundo; los judíos que trataban de hacer anular el edicto de expulsión se proponían como motores de esa política; el regreso de los judíos a Inglaterra favorecería la expansión inglesa en el continente americano en su reencuentro con sus hermanos de las Tribus Perdidas cuyos supuestos rastros habían sido encontrados  en Colombia. Los comerciantes nativos pretendían que el retorno de los judíos iba a ser ruinosa para el país; se argüía que  la Basílica de Saint Paul devendría Sinagoga Mayor. Ante la violencia de los enfrentamientos Cromwell decidió suspender la decisión sin die.

No fue esta la única situación que en ese período conmovió la comunidad judía europea: la aparición de Sabbatai Tzevi  con sus pretensiones mesiánicas (decía ser  el Mesías) había arrastrado a numerosos seguidores  en Europa y Cercano Oriente y podía poner en peligro la continuidad de la ortodoxia judía.

La atmósfera cosmopolita que imperaba en la metrópoli holandesa, la tolerancia y la presencia de numerosos refugiados de las diferentes variantes del protestantismo crearon un clima propicio para el diálogo religioso y la polémica teológica. Fue la base de una colaboración entre rabinos, intelectuales sefaradíes,  teólogos protestantes y hebraístas holandeses.

Surgieron además otros grupos no conformistas desligados de las jerarquías ortodoxas. Se desarrolló así un movimiento llamado de la “Segunda Reforma”, un cristianismo no confesional a partir de las iglesias reformadas: luterana, calvinista. Ese movimiento llamado también de los “cristianos sin Iglesias” (uno de sus inspiradores, L. Kolakowski), fue el intento de reunir pensadores cristianos que desafiaban el vínculo convencional con las iglesias cristianas establecidas.

Una ruptura que siguió por los andariveles de los nuevos planteos filosóficos, un contexto socio-económico que no fue ajeno al cambio que afectó al judaísmo en el pasaje a la modernidad a través de los judíos portugueses. Algunos judíos renegaron del judaísmo y algunos conversos renegaron de su conversión, es decir que rompieron con una religión sin que ello significara reincorporarse a la otra, con una clara tendencia a la secularización: una manifestación de premisas ideológicas  consecuencia de las nuevas condiciones histórico-sociales.

La referencia a la sectorización de los judeo- portugueses de Ámsterdam podría llevarnos a pensar que se trataba de una comunidad en donde la pluralidad, si de alguna manera llevaba a diferencias y roses internos no implicaba la existencia de una polarización. Sin embargo, la polarización se dio y de una manera particularmente aguda.

En ese contexto de cambio y de cuestionamiento religioso el judaísmo portugués no podía estar ausente. La efervescente atmósfera de Ámsterdam produjo un fenómeno similar al de los “cristianos sin iglesias”, el de los “judíos sin sinagogas” o “judíos sin judaísmo”.

El denominador común de estos detractores del judaísmo tradicional, fue el deseo de crear un “judaísmo no confesional”, liberado de sus vínculos con la tradición farisea. Era un judaísmo secular: el creyente no necesitaba la mediación de una congregación para relacionarse con Dios. Entre esos detractores de la Ley Oral y de la tradición  rabínica estaban Uriel da Costa, Juan de Prado, Baruch Spinoza y Daniel Ribera. Dieron origen a una vasta ofensiva en su contra por parte de los “conservadores” que veían en ellos una seria amenaza para la unidad de la “nación”; no solo en cuanto negaban principios como la inmortalidad del alma y el de la divina providencia, sino  porque planteos como los de da Costa significaban el rechazo de cualquier símbolo mítico-nacional que confiriera algún papel a la intermediación entre el individuo y Dios.

El hecho era que los que no acreditaban importancia  al cumplimiento de las mitzvot conjugaban con numerosos  defensores  de un nuevo sistema de valores que  en  el terreno de las filosofías racionalistas  la Edad Moderna  apuntaba: escepticismo, ateísmo o deísmo universalista  o librepensadores, frecuentemente llamados libertinos, una confusión de términos que hoy nos resultarían malintencionados

El calvinismo moderado en su oposición al catolicismo, pregonaba la absoluta libertad de lectura de la Biblia lo que favorecía la proliferación de las sectas y herejías; en ese sentido tenía ciertas afinidades con los caraítas, la secta judía que aceptaba sólo la Biblia y negaba el Talmud.

En ese clima de diversidad resurgió la intolerancia fundamentalista de la época de Grotius.

Era el corto período de 1652 a 1672  de las Provincias Unidas de Los Países Bajos durante la regencia de los hermanos De Will; un período cubierto por gran parte de la corta vida de Baruch Spinoza (1632-1677). Los ortodoxos odiaban a Da Witt. Spinoza era amigo de Da Wiit; hasta habría sido su intermediario con Cromwell.

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Baruch Spinoza

¿Quién era Baruch Spinoza? Nacido en Ámsterdam en 1632, su padre un importante referente de la comunidad sefaradí huida de los horrores de la Inquisición Ibérica; formaba parte del Mahamad de Ámsterdam. A pesar de su insistente control y una educación ortodoxa judía con maestros reputados como Menasseh ben Israel y Saúl Levi Moreira, Baruch puso en evidencia  una actitud  crítica  que lo llevó a ampliar sus estudios de matemáticas y filosofía cartesiana, a la lectura de Thomas Hobbes, Lucrecio y Giordano Bruno y sumar las influencias del grupo de los ‘colegiantes’ (cristianos liberales protestantes neerlandeses), así como de las heterodoxias judías hispano-portuguesas, encarnadas principalmente por Juan de Prado y Uriel da Costa. Con la muerte de su padre en 1564, Spinoza habría podido liberarse  de la sujeción ideológica que representaba. Dos años después era censurado y expulsado de la comunidad de acuerdo al acta de excomunión, algunos de cuyos párrafos transcribimos. Aunque la expulsión tuvo lugar en julio de 1656, 41 años más tarde del documento de Grotius, el espíritu y contenido del texto nos  da una idea del grado de retorno a la intolerancia que en ese período reinaba en el sector conservador de la comunidad, amenazada por el estallido de la centralidad de la ortodoxia judía.

Los señores del Mahamad…teniendo noticias de las malas opiniones y obras de Baruch,  procuraron por distintas vías y promesas apartarlo de sus malos caminos, de las horrendas herejías que practicaba y enseñaba y de los actos monstruosos que cometió; teniendo de ello testimonios fidedignos que presentaron y testificaron todo en presencia del susodicho Espinoza y quedando éste convencido; que examinado todo ello en presencia de los señores rabinos, decidieron con su acuerdo, que dicho Espinoza sea excomulgado y apartado de la nación de Israel, como por el presente lo ponen en excomunión.  Con la sentencia de los ángeles y con el dicho de los santos, con el consentimiento del Dios Bendito y el consentimiento de toda esta Comunidad Santa y en presencia de estos libros santos, con los seiscientos trece preceptos que en ellos están escritos, nosotros excomulgamos, apartamos y execramos a Baruch Espinoza con la excomunión con que excomulgó Josué a Jericó, con la maldición que maldijo Elías a los jóvenes y con todas las maldiciones que están escritas en la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche, maldito sea al acostarse y maldito sea al levantarse, maldito sea al entrar y al salir, no quiera el Altísimo perdonarle hasta que su furor y su celo abracen a este hombre, lance sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de esta Ley, borre su nombre debajo de los cielos y sepárelo, para su desgracia de todas las tribus de Israel, con todas las maldiciones del firmamento escritas en el libro de la Ley .Y vosotros los unidos del Altísimo vuestro Dios todos vosotros que estáis vivos hoy advirtiendo que nadie puede hablarle oralmente ni por escrito, ni hacerle ningún favor, ni entrar con él bajo un mismo techo ni a menos de cuatro codos de él ni leer papel hecho o por él escrito

Independientemente del espíritu de intransigencia, de la reiteración de maldiciones a las que el condenado es “merecedor”, la excomunión de Spinoza no puede corresponder a testimonios o verificaciones directas o públicas de sus acusadores. Cuando Spinoza fue excomulgado, tenía veinticuatro años y la única obra que tenía escrita, el Tratado de la reforma del entendimiento no parece trasmitir las horrendas herejías a las que la  acusación se refiere. Las otras, el Breve Tratado, la Etica, el Tratado teológico político, son posteriores, publicadas con un falso nombre o después de su muerte. Spinoza era conocido en un limitado círculo de amigos o alumnos que pueden haber trasmitido parcialmente sus pensamientos.  Spinoza, que reiteradamente ha negado su presunto ateísmo, estaba en el camino que abría el paso al deísmo y a las filosofías y teorías sociopolíticas de la Modernidad. Una estructura de pensamiento suficiente por la cual para la mentalidad de la ortodoxia fundamentalista  amstelodana Spinoza era merecedor del Herem.

 

 

 

 

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