ENRIQUE DUNAYEVICH

Historia Judía no tradicional

Ni para pagar la nafta

 

                               Por Enrique J. Dunayevich

                                Buenos Aires  31 de Agosto de 2016

Si les digo que fue verídico, no me lo van a creer. Digamos que es un cuento, como el de las Mil y una noches. Hasta podría haber ocurrido en Cercano Oriente, en un país de las alfombras voladoras (para los que no saben el idioma ‘volar’ podría venir de ‘voler’ que en francés quiere decir robar).  Este es el cuento de Alí Lalá y los más de 40 ladrones.

Era un país donde gobernaba La Mafia con  más de 40 ladrones. Su jefa, la Reina Kristina K (los soberanos, que pensaban sucederse por muchas generaciones utilizaban las letras (que son como 27) para diferenciarse, en vez de los número que con  los 10 dígitos resulta complicadísimo. Se dan cuenta el despelote que tuvieron los franceses, que con reyes como los Luises, se quisieron arreglar con 4 o 5 letras del alfabeto romano?. Habría sido una de las causas de la revolución que tuvieron. La Presi, perdón, la Reina, no era como su casi homónima de Suecia, una muchachera, que andaba a caballo y se vestía de hombre; la nuestra (perdón… la de nuestro cuento) era bien femenina, no sólo se teñía el cabello como corresponde, se hacía operar del cuello (para disimular las arrugas) y hasta hacía como que bailaba en los balcones. No andaba a caballo ni en carroza, tenía 5 aviones imperiales, helicópteros y autos de altagama. Hasta parece que era milagrera: entre sus cómplices estaba Milagros que para desplazarse tenía una 4×4 que le regalaron sus avezados colaboradores.

Pero vamos al grano; no me refiero a la soja, “un yuyo”, al decir de la Reina, una de las fuentes de los milagros K a partir de la cual los hombres y mujeres del clan recaudaban “para la corona”… y para ellos  (como en los tiempos de uno de sus antecesores, el Faraón Menés I (su hijo iba a ser su successor,  pero por cuestiones de autos y de helicópteros no pudo serlo). Uno de los secuaces de la Reina era  Alí Lalá (lo llamaban Lazarito Babá, se manejaba con los funcionarios como quien conduce a los ciegos). Había otros, uno a quien  llamaban “Josecito”, también Alí Loló  apelado injústamente el “Derrochón”,  lo que había tirado por encima de la cerca no era  manteca al techo; había además otro Babá, tenía jueguitos infernales en barquitos flotantes en el puerto, le decían Cristó Babá, un verdadero mártir, pero estos serían temas para otro cuento no menos increíble.

Lazarito no traficaba en el Lejano Oeste, sino en el no muy Cercano Sur, o Austral, (que le dicen, en una nomarquía enaltecida por la Santa Cruz; una protección que entre los milagros, las basílicas y los conventos con sus monjas, no es para sorprendernos.

¿Cómo operaba Alí Lalá? Se las arreglaba para que le encargaran la construcción del 80% de las pirámides de la región, que le procuraban beneficios que repartía con la Reina. Contaba con la benévola colaboración de funcionarios que cerraban los ojos  autorizando el pago cuando las pirámides ( había también “colosos”, monumentos recordatorios, edificios, predios tecno culturales), quedaban en los comienzos o a medio hacer, truncados, conocidos como “pirámides truncadas”, otro ignorado invento argentino, como la picana eléctrica y las huellas digitales (con las que uno de ellos tuvo problemas). No fue solamente en la parte Sur del Reino, donde Austral Construcciones, a veces a través de sus asociadas, amasó la fortuna de Alí Lalá (parcialmente con la sangre de los sueldos y las obras sociales de sus esclavos), también en el sub Reino Tropical del Norte, en la Triple Frontera y en la región limítrofe del antiguo Alto Perú con los pasaportes y las jubilaciones truchas y el contrabando de harina blanca y  la desforestación con el hambre, la salud y la miseria de los pueblos originarios.

No conocemos los secretos de la ecuación que  despeja la incógnita de la repartición entre Alí Lalá y la Reina, su conyugue, sus hijos y su cuñada; una cadena genealógica (más bien geológica por la suciedad que contenía) probablemente menos complicada que la del ADN.  No nos detendremos en seguir la Ruta del Dinero K, una alquimia que transformó el blanco de la obra pública en el negro de la “Rosadita” y de alguna de las 115  Islas Seychelles,  para volver al país emblanquecido gracias a la convertibilidad de la nieve de los Alpes Suizos, intentando descansar en las cajas de valores del Banco de Galicia y en algunas de las 250 propiedades del incomprendido Alí Lalá.

En cuanto al Dinero K, la justicia, ya no tan “legítima”, se encontró con dificultades. No se trata de seguir por los vericuetos, las rondas, alrededor de la mal llamada pirámide, que las sacerdotisas de los Derechos Humanos transformaron en Sueños Compartido ‘Devidos’ a otros señores del culto.

El hecho es que las cuentas no cerraban, las inmensas extensiones en el sinaítico desierto patagónico (cinco veces la superficie de la CAvA) no cubrían las cifras que otro predestinado hijo de Juan y de María, el fiscal Marijuan trataba de resolver; a pesar de las facturas truchas, el pago de las habitaciones vacías de los Templos comunitarios, de la flota de carros de alta gama que los reyes pastores habían traído en sus incursiones del Lejano Norte (mirar al Norte decía la Reina).  Señalamos  que todavía no se tenía oficialmente la información las 123 cuentas de asociados a Ali Lalá que los fondos buitres habían descubierto en los bancos de Nevada (la nieve, otra de las alquimias del blanqueo).

Surgió una esperanza. En un lejano rincón de lo que fue la Patagonia Rebelde, se descubrió en una estancia bañada por un resplandeciente lago, un palacete escondido por las irregularidades montañosas y las plantaciones recientes. Era una lujosa construcción nueva, equipada con todas las comodidades, que nunca había sido ocupada. Allí corrió jubiloso y esperanzado el nuevo héroe de nuestra historia: allí debía estar escondido parte del dinero K, o de Alí Ka (‘segual’). Se encontraron sótanos (cuevas) transformados en verdaderas bodegas, con puerta blindadas, evidentemente diseñadas para guardar cofres faraónicos. Se trajeron excavadoras para desenterrar los tesoros supuestamente escondidos bajo la tierra recientemente removida. Había habido denuncias, pero el fracaso fue casi total. Aunque los indicios de la mansión desocupada constituyeran una semi-plena prueba, este podría haber sido el final de nuestro cuento. El hecho es que la historia tuvo otro final. No sé si un verdadero “happy end”.

Hace unos días (ahorro las precisiones), desembarcaron en la estancia  a bordo de una 4×4, cuatro “personajes” desconocidos; tres encapuchados y uno a cara descubierta. La propiedad tenía un cuidador. Venían en busca del dinero. Después de ‘apretarlo’ se convencieron que no sabía nada. No parecieron mayormente molestos. El de la cara limpia con un plano con referencias, guiaba la búsqueda, los otros tres  excavaban. La expedición resultó infructuosa.

Desaparecieron. Dejaron al cuidador con algo de comida y abrigo, casi sin magulladuras: la sacó barata, para él fue un final feliz. Los amigos de lo ajeno se llevaron sólo algunos elementos de poco valor. No les habrá alcanzado ni para pagar la nafta. Ni esa suerte tuvieron.

 

 

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