ENRIQUE DUNAYEVICH

Historia Judía no tradicional

El 3, mi número cabalístico

3 Mercedes-RECORTADogaviota-Aunque mí pasado de Ingeniero esté plagado de números, que mi manera de escribir está influenciada por el pensamiento y el rigor pretendidamente cientificista y que los juegos numéricos me resultan divertidos, hay una situación que es absoluta y definitiva: no creo en la cábala. Debo sin embargo reconocer que, reiterada y porfiadamente, el número 3 aparece como una constante en mi vida.

En el relato, Martha, mi vida se sintetiza en 3 capítulos. El de mi adolescencia con un amor frustrado, el de una búsqueda de lo inalcanzable durante mi estadía en Europa y el del retorno y una nueva vida.

Cuando en Buenos Aires, en un encuentro inesperado e imposible, Alain, probablemente el único amigo que me quedó en Europa, me comentó su propósito de filmar un documental que con el trasfondo de Buenos Aires yo relatara mi vida, la idea me pareció una conjunción inconsistente y sin interés; los edificios que, como ingeniero yo había diseñado, calculado o construido no tenían originalidad estructural ni arquitectónica, ni siquiera características regionales. Tras su insistencia y bajo protesta, acepté su propuesta. Era como un desafío, como un juego. Fuera del pintoresquismo de las escenas y lugares porteños que Alain supo elegir, el documental se llamó “El trípode”: las 3 patas. Se refería a tres etapas de mi vida: a mi PASADO (mis padres, mis búsquedas, mis ancestros); al PRESENTE (mis bienes, mis investigaciones historicistas sobre el judaísmo, mi preocupación por el cambio por el que el mundo está transitando, en el pasaje de la Edad Moderna a la nueva Edad Contemporáneo del pensamiento, con nuevas visiones artísticas y la búsqueda de nuevas estructuras socio-políticas; y finalmente, el FUTURO (mis hijos y nietos, un aporte para su mejor bienestar y mis libros y relatos). Eran 3 patas y en cada pata, 3 patas.

Si estos fueron y son aspectos particulares de mi vida, cabría preguntarse si mi paso por el mundo correspondió a la existencia de hechos o personajes de alguna actualidad. Si tuve alguna atadura que me haya relacionado con alguna de esas situaciones o individuo¸esos personajes, fueron “casualmente” 3.

En 1943, cuando cursaba el colegio secundario, en la Argentina tuvo lugar una “revolución”, un golpe militar que derribó el gobierno oligárquico y corrupto que llegó y se mantenía en el poder gracias al “fraude patriótico”. Su caída era supuestamente el fin de la llamada “década infame”. El gobierno militar, con rasgos fascistas, era apoyado en la sombra por un grupo de oficiales jóvenes, el GOU (Grupo de Oficiales Unidos) con el Coronel Juan D. Perón a la cabeza. Perón había participado en un primer golpe militar, la asonada del 30, y había sido agregado militar en la Embajada Argentina en Italia; no es de extrañar que estuviera inspirado por el populismo autoritario de Mussolini. La clase media y los estudiantes enfrentábamos al gobierno “de facto”. En Córdoba, yo estaba a cargo del Centro de Estudiantes del Colegio; Ernesto Guevara Lynch representaba el turno tarde. Guevara que no era todavía el “Che”, era un joven aparentemente retraído pero audaz que militaba en el Partido Socialista y que con atrevimiento enfrentaba los esbirros policiales en las manifestaciones contra el gobierno militar. Vivía en Alta Gracia, una ciudad cercana aconsejada para individuos con problemas asmáticos. Su cuestionamiento de la propiedad privada habría comenzado robando frutas en la quinta de su vecino el músico español Manuel de Falla; no era imaginable que ese juego, “esa danza del fuego” iba a llevarlo a donde llegó. Es una parte de la vida del Che que no he visto en ninguna de sus biografías. Cuando en 1963, en el norte argentino con el foquismo incipiente se organizó el EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo), Masetti su comandante se hacía llamar Comandante Segundo, la designación de Comandante Primero estaba reservada al Che; yo habría sido el Comandante Cero: lo había tenido bajo mis órdenes.

Hay una segunda circunstancia que jalona mi vida. En 1952 emprendí mi viaje a Europa. Surriento no es solo una evocación en una “canzonetta napulitana”: era el nombre del crucero que abordé; a ello me he referido en el relato mencionado más arriba. Cuando a fines de Julio desembarcamos en Génova, me enteré que Eva Duarte había muerto. La versión oficial atribuía su muerte a un cáncer. Un hecho con el que en realidad, no estuve para nada relacionado, se lo puedo asegurar.

Una tercera situación completa la trilogía. En 1963, asediado por la permanente presión militar, el Presidente Arturo Frondizi fue destituido por otro golpe militar. Cuando en 1967, yo estaba proyectando mi regreso al país, las disposiciones que Frondizi había establecido para atraer los argentinos residentes en el extranjero, estaban todavía en vigencia. Me avoqué al armado de mi currícula, a compilar los documentos y artículos de los quince años de mi actividad profesional en Francia y a autentificar la patente relativa a la ejecución de viviendas industrializadas que había desarrollado. Las disposiciones otorgaban la posibilidad de introducir un automóvil exento del pago de derechos. Fue así como en mi retorno, entre el equipaje no acompañado, pude traer un Mercedes Benz 190 SL.

Las vicisitudes de su paso por la aduana, una especie de réplica de un scketch cómico televisivo de la época (“el arbolito), las exigencias burocráticas de autenticidad, las verificaciones contables y calendáricas dignas de una vuelta al mundo “julioverniana” podrían ser el tema de otro relato; me quiero referir solamente a lo que significó la introducción de esa joya de la tecnología y de la estética aerodinámica en cuanto a mi conexión con el automovilismo deportivo. Era un convertible con doble techo (metálico y de tela) hermano menor de un Mercedes Benz 300 SL, al que llamaban “La gaviota” por sus puertas que articuladas en el techo se abrían como alas y que como tal, prácticamente volaba en ruta. Juan Manuel Fangio, ídolo del automovilismo del momento poseía uno. Si hubiéramos puesto ambos corceles a la par, supuestamente me habría podido dejar como parado en la partida. Lo desafié; nunca aceptó el desafío. Me pregunto si temía poner en juego su prestigio.

Los hechos y circunstancias de mi relato, con algunos retoques, son auténticos.

edunay3@gmail.com

                                                                                                27 de abril de 2015

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