ENRIQUE DUNAYEVICH

Historia Judía no tradicional

Don Moisés y sus amigos

2 ESPUELASHablemos de Corralito. Esta a ochenta kilómetros de Córdoba, ciudad. Eran ochenta kilómetros de tierra en el llano (después, de tierra fueron solamente cincuenta). Bueno, imagínense la travesía del desierto de Gobbi o peor, del arabe-sirio, (está más cerca) a partir del siglo XI aEC, a camello y no en auto. Yo no la hice, pero supongo que en un camello uno no se marea; en el auto, una tortura. Además, el barro (cuando llovía) y la polvareda (cuando no llovía). Y no hablamos de lo de cambiar las ruedas por las pinchaduras y hasta reparar alguna cámara (¿eran tantas la pinchaduras?) No sé, pero alguna vez ocurrió. Aunque de eso no hablemos porque allí estaba Vitruvio Casimiro Sosa, siempre al lado del viejo, junto al Colt 45, en la guantera. Me dirán, que les estoy contando una de “uestern”. No señor, era así. A propósito de Vitruvio, de donde el viejo lo habría sacado? Y el nombre, me decía!!??… que de seguro no era ni comechingón ni quechua. El asunto es que Vitruvio era de “taere” (el glorioso Club A. Talleres de Córdoba) que a semejanza de Reuteman tampoco pudo ser campeón (metropolitano) pero “casi”: en la final, con un hombre más, dramáticamente, en el último minuto perdió contra Independiente. Ahora militamos en algo así como en la “C” de la Segunda División. Con Vitruvio fui por primera vez a la cancha. Por supuesto me hice “tallarín” hasta la muerte.

Volvamos a lo nuestro. Estábamos viajando a Corralito. Después de los treinta kilómetros de asfalto, estaba el “alto fierro”; así lo llamaban al puente de acero que dividía la civilización de la “no men land”. Se acabó “el dulce de leche” decía el viejo. Y cuando había llovido, empezaba el baile. En principio había que seguir la huella, aunque cuando era profunda, por afuera. Y empezaba el “slalom”. de un lado al otro lado de la banquina. Yo, mientras no me mareaba, “lagozaba”. Mi padre traspiraba. Hasta quenunadesas, “plash”, a la cuneta. Y ahí estaba Vitruvio que con la pala trataba de abrir camino liberando los paragolpes y calzando las ruedas del Nash decapotable (no era una 4×4). Las ruedas escupían barro sin piedad. Alguna vez hubo algún paisano que enganchó sus percherones para sacarnos del pantano.

Por fin, cual catedral con sus silos como agujas milagreras se vislumbraba Corralito. Corralito no era un burgo medieval en la planicie gauloise. Estaba dividido por la vía, con un torrente ferroviario diario que separaba las dos márgenes unidas por dos pasos a nivel, con la “Ile de la Cité” (la estación con los silos) en el medio. La estación (de estilo no victoriano), lugar de encuentro, de levante, de cita, donde los pretendientes llevaban bombones a sus pretendidas (“les bombons, c’est tellement bon”, diría Jacques Brel). No era el único lugar para ese tipo de actividades, también estaba la cancha de futbol, que Don Moisés había regalado.

Otro lugar importante era la Fonda, sobre la margen derecha, (en el sentido del tren hacia la capital), me parece. La atendía su dueño, pelado, mofletudo y con bigotes (como el malo de una de Chaplin). Era gallego, y aunque, no era mudo como en la película, hablaba poco. Además de la deliciosa sopa jardinera con caldo de gallina (en aquel tiempo todo era rico), nos ofrecía el plato del día (o del otro día), igualmente de gallina. Como postre, el del vigilante: “¿con dulce de membrillo o de batata?”

Después venía la rigurosa siesta. Las habitaciones se alineaban a un lado y al otro de un ancho patio con un aljibe en el medio. En las habitaciones: la jofaina, el jarrón y el balde. Alrededor del aljibe, parloteaban unas señoritas (yo espiaba). En mi imaginación las identificaba con las que años después, en mi periplo centroamericano, oficiaban en un piringuindín del canal de Panamá. Probablemente eran producto de mi febril fantasía adolescente.

Estábamos en la década del treinta. La de la infame Concordancia de Agustín Pedro Justo (no confundir con Juan Bautista, el socialista); el del fraude patriótico y el acuerdo Roca-Runciman. Había que desplazarlos. Para gobernador de Córdoba, el candidato era Amadeo Sabattini (¿Sabat..? se decía que era marrano, o casi peor, masón). Hablaba poco, le decían el “mudo” (como a Irigoyen el “peludo”). Fue electo.

En Corralito estaba Don Moisés, que a pesar de su antipersonalismo, no olvidaba la franja morada y la boina roja de los radicales. También los corraliteros, los colonos, sus amigos y correligionarios: los Bianchi, los Butassi, los Yorio (con sus chorizos); todos “pura sangre”. En el pueblo, el Intendente Antonio Matildo Carranza Carranza (los que no eran gringos eran Carranza), que cuidaba los intereses del viejo.

El Palacio Judicial lo compartían el juez y el comisario. Una pieza era del juez, la piecita “dealado”, del comisario, el tano Polastri; “dueño” también del galpón del fondo, donde iban los presos; el patio era común, era para el asado.

Don Cruz Vidal Torres, era Juez de Paz Lego. Cuando Don Moisés venía, le cedía “sus dependencias” para que atendiera a sus clientes. Don Cruz, lucía su rastra de monedas cruzando su panza prominente; también su facón, su poncho…y su caballo. Su caballo, un alazán rubio con cabos blancos, con el que se paseaba orgulloso por el pueblo. Era soltero, no tenía parientes y a las jóvenes y no tanto, se les iban los ojos. Fue probablemente su desgracia.

Un día resultó que la puerta de su oficina estaba como atascada. Cuando la pudieron abrir, lo encontraron extendido sobre su poncho, con la rastra y el facón al lado y un revolver casi todavía apoyado sobre su sien. No dejó ninguna carta; salvo la que nombraba a Don Moisés como albacea. No se le conocía ninguna enfermedad. Probablemente una que consideró vergonzosa e incurable. Sus bienes, los que hemos mencionado y la montura, frenos y jaeces del caballo. Don Moisés, no pudo no quedarse con un recuerdo: los estribos de plata y Rafael, casi su ahijado, con el alazán.

Buenos Aires 16 de setiembre de 2014

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