ENRIQUE DUNAYEVICH

Historia Judía no tradicional

AJUSTES en la Historia Oficial de la Revolución de Mayo

mapa-politico-de-argentina-en-1815Como escribe Felipe Pigna en su apasionante libro “Los mitos de la Historia Argentina”, “¿La Revolución de Mayo fue un acto económico, un acto político o un acto militar?…..No, fue un acto escolar”.

 

Una inesperada manera de introducirnos en la Revolución de Mayo con un enfoque desprovisto de la visión con la que los modeladores de la mentalidad argentina nos atiborraron de engreimiento y chauvinismo. Un acto escolar como las edulcoradas celebraciones en nuestra infancia (¿A quién aplaudís boludo? ¿A vos mismo? No reboludo, ¡es al himno!).

¿Son muchos los que tienen presente a José Gabriel Tupac Amaru, a su rebeldía y a la brutalidad de los defensores del orden? ¿Acaso alguno sabe que el primer grito de libertad, no fue el 25 de Mayo, de 1810 en Buenos Aires, sino el 25 de Mayo de 1809, un año antes en Chuquizaca? ¿Que la liberación de la aduana de Buenos Aires fue postulada por Moreno no para favorecer a los ingleses, a los que indudablemente favorecería, sino  como una manera de empezar a salir del encierro y el atraso en el que la corona española nos había colocado? ¿Que el Primer Triunvirato fue derrocado por un golpe cívico-militar organizado por San Martín  a la cabeza de la Logia Lautaro?

Es a estos y a otros temas, que quizás puedan interesar, a los que nos referimos sintéticamente en este texto.

 

Antecedentes mediatos

La rebelión de 1781 fue encabezada por José Gabriel Condorcanqui Noguera, Tupac Amaru II, cacique de Tungasuca, provincia de Tinta del Perú. Era descendiente de los fundadores del Imperio del Sol, Manco Capac y Mama Oclo, la quinta generación de Tupac Amaru I, el último cacique Inca, que en 1571 se había revelado contra el Virrey Francisco de Toledo, una prosapia de valentía que probablemente ningún europeo podría exhibir. Tupac Amaru II fue el líder de la mayor rebelión anticolonial que se dio en Hispano América durante el siglo XVIII, un hito fundamental en la gesta de la Independencia Latino Americana. La brutal represión con la  que tanto él como sus compañeros fueron castigados, la valentía con la que afrontó  las bestiales torturas y el descuartizamiento, son una muestra del coraje con el que los conquistadores fueron enfrentados en su empresa de saqueo.

 

Las invasiones inglesas de 1806 y 1807

La  Reconquista después de la Primera Invasión y la Defensa que hizo frente a la Segunda dieron la pauta a los criollos que era posible luchar por gobernarse.

Fueron los primeros síntomas del nacimiento de un sentimiento independentista, como el que expresara Manuel Belgrano: “Queremos nuestros antiguos amos, los incas, o ninguno”.

 

Los sucesos en España en 1808

A partir de octubre de 1807 en España tuvieron lugar una serie de acontecimientos determinantes para el devenir de América Latina.

Desde a su triunfo en Austerlitz, la Batalla de los Tres Emperadores, Napoleón era dueño de casi toda Europa. Inglaterra era su principal enemigo pero no su objetivo inmediato. Con el pretexto de someter a Portugal, aliado de Inglaterra, en Enero de 1808 las tropas francesas invadieron España con la anuencia del rey Borbón Carlos IV. La invasión tenía además otro objetivo, acceder a las riquezas y al mercado de las ricas colonias sudamericanas a través de la toma del poder en España. La reacción española fue general (el Motín de Aranjuez y el Levantamiento del 2 de Mayo, testimoniado por los cuadros de Goya); fue el inicio de la Guerra de la Independencia. Esa situación no pareció preocupar a la dinastía española; en Marzo de 1808 Carlos IV optaba por la abdicación y acompañado por la reina y por el Ministro  Manuel Godoy, su amante (de ella) eran trasladados al Palacio de Fontainebleu, mientras Fernando VII, su hijo y sucesor (de él) con su mujer y parte de la corte eran deportados y alojados en el Castillo de Valençay sobre la Loire, dejando el trono de España a José Bonaparte (“Pepe Botellas”) hermano de Napoleón. Mientras, en Sevilla, se creaba una Junta Central coordinadora que auto proclamaba su autoridad hasta el retorno de Fernando VII. Con el país avasallado, el ‘valeroso’ Fernando VII, protagonizaba una  situación que no podía ser más  ridícula en cuanto a la par que se deshacía en gestos de sometimiento, era invitado por Napoleón a su boda con la Archiduquesa María Luisa de Habsburgo. Mientras, en Portugal, Juan VI de Braganza se trasladaba a Brasil con su familia y su corte. Fue el comienzo del Imperio Portugués en Brasil, con Carlota Joaquina Borbón, la mujer de Juan VI, hermana de Fernando VII, que se autoproclamaba su reemplazante en las colonias españolas en América.

 

 La repercusión en el Rio de la Plata de los acontecimientos de Europa

En Agosto de 1808 Liniers recibía un enviado de Napoleón que ante la nueva situación en Europa pretendía que  el Virreinato reconociera a José Bonaparte como rey de España. Liniers respondió que el Virreinato  permanecería neutral en la guerra de independencia española (no podía ocultar su filiación francesa).Una actitud que tanto españoles como  criollo rechazaron con vehemencia. En Setiembre de 1808, el general Francisco Javier de Elío, gobernador de Montevideo convocaba un Cabildo Abierto y el 20 creaba una Junta de Gobierno, que expresaba el derecho de cada ciudad a gobernarse por sí misma. Una actitud  de rebeldía que aunque no independista era una muestra más del sentimiento de autogobierno que se hacía carne en la colonia.

En Buenos Aires, Liniers no se atrevió a aplastar la rebelión. El 1 de Enero de 1809 con la participación de los miembros del Cabildo estalló la llamada Asonada de Álzaga. Los conspiradores se manifestaron por la creación de una junta similar a la de España ¡Abajo el francés Liniers! era su principal manifestación. Con la intervención de Cornelio Saavedra -comandante de los Patricios, el alzamiento fue sofocado y Álzaga desterrado. Todas estas situaciones eran expresión del  desconcierto, la irritación y la rebeldía que se incubaba en la colonia.

 

La subversión de Chuquizaca

En el Alto Perú, la región norte del Virreinato del Río de la Plata (en lo que hoy es gran parte de Bolivia y el sur de Perú), con la llegada de la noticia de los acontecimientos en España, en Setiembre de 1808 comenzó un movimiento de agitación. Por un lado estaban los “juntistas” que aceptaban la autoridad de la Junta de Sevilla y por el otro, los “carlotistas” partidarios de las pretensiones reales de Carlota Joaquina. Surgió un tercer sector opuesto a ambos, el de los patriotas,  en La Paz y principalmente en Chuquizaca o Charcas (llamada también La Plata, hoy Sucre), compuesto fundamentalmente por jóvenes e intelectuales. Se destacaba la joven figura de Bernardo de Monteagudo (cumplió los 20 años en plena rebelión), probablemente mulato, nacido en Tucumán.. La agitación fue cada vez más violenta; culmino en el 25 de Mayo de 1809, un grito de rebelión con la proclama de la que Monteagudo fue autor: “Las Indias [se pretende que] son del dominio personal del Rey de España; el Rey está impedido de gobernar, las Indias deben gobernarse por sí mismas. Ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias adquiridas y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”. El 16 de Junio fue el estallido en la Paz donde se constituyó una junta formada exclusivamente por criollos. Los amotinados de Chuquizaca constituyeron una sociedad secreta con el nombre de Sociedad de Independientes. La rebelión podía ser una reedición de la de Tupac Amaru II. Las autoridades  pusieron en marcha la represión; aunque fuera de su jurisdicción, el Virrey del Perú envió las tropas que en Noviembre de 1809 entraban en La Paz y destituían la Junta. El 21 de Diciembre las tropas enviadas por el Virrey Cisneros recientemente designado, ocupaban Chuquisaca. Cuatro de los principales cabezas del movimiento fueron ejecutados, más de 30 condenados a presidio, otros, desterrados a Cartagena, Filipinas, la Habana y Buenos Aires; algunos como Bernardo de Monteagudo pudieron evadirse.

La Rebelión de Chuquizaca, un acontecimiento no sólo ignorado en los manuales escolares, fue el Primer Grito de Libertad en el Virreynato del Río de la Plata acaecido el 25 de Mayo de 1809, un año antes que el  Grito de Libertad de Buenos Aires.

 

En las vísperas de las Jornadas de Mayo

En julio de 1809 Baltasar Hidalgo Cisneros había llegado a Montevideo como nuevo Virrey del Río de la Plata, designado por la Junta Suprema de Sevilla en reemplazo de Liniers. El envío de tropas al Alto Perú fue una de las medidas que tomó para tratar de recomponer la fortaleza política y económica colonial que comenzaba a resquebrajarse.

El comercio con España estaba prácticamente paralizado. Había una alarmante la falta de recursos económicos. Los comerciantes, principalmente españoles, eran prácticamente los únicos autorizados a vender los productos que llegaban únicamente de España. Eran productos caros producidos por países como Francia e Inglaterra, comprados con el oro y la plata que España traía de América. Y ahí estaban los ingleses que con la participación de los contrabandistas locales introducían subrepticiamente sus mercancías.

No es pues de extrañar que la mayoría de la población local fuera partidaria del libre comercio. En ese contexto Mariano Moreno presentó al Virrey, La representación de los Hacendados, en la que explicaba los problemas económicos de la región y le sugería la libertad de comercio.

La actitud de España no podía ser muy firme; estaba en plena Guerra con Francia (en la Batalla de Bailén había participado el joven oficial José de San Martín) e Inglaterra no era en ese momento su enemiga. En Enero de 1809 la Junta Central de Sevilla había firmado un acuerdo con Canning, Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra), por el que se abría la península y las colonias a las mercaderías inglesas. Obligado a comenzar a relajar el rigor con el que España había yugulado el desarrollo, Cisneros firmó un Reglamento de Libre Comercio que abría el mercado casi exclusivamente a los productos y comerciantes británicos. Moreno no era un agente inglés.

Las invasiones inglesas habían dado pie el nacimiento de un sentimiento independentista; los acontecimientos en Europa, el reemplazo de Liniers, fueron  sólo el comienzo.

Lo acontecido en el Alto Perú: la subversión de Chuquizaca, la formación de un gobierno propio en La Paz y la violencia de la represión fueron el cimbronazo. Tuvieron una importante repercusión en el Río de la Plata; proliferaron las reuniones e intercambios de opiniones entre los revolucionarios porteños. Allí estaban Chiclana, Paso, Castelli, Vieytes, Belgrano, Moreno, Saavedra, Balcarce, Larrea, Guido, Viamonte, Rodríguez Peña, entre otros, menos conocidos. Como veremos no todos compartían las mismas ideas, en particular la de un gobierno patrio que rompiera los vínculos con España.

Cisneros no podía ignorar la situación. Decidió crear un Juzgado de Vigilancia Pública, en “mérito a las noticias de que ciertos hombres malignos y perjudiciales con ideas subversivas  propenden  alterar el orden público” (citado  por Ricardo Levene en su Historia Argentina). Sobre las actividades y el accionar que pudo tener esa institución, poco sabemos. “Algo podrido huele en estos “buenos aires”, podría haber dicho el último Virrey. El hecho es que en Mayo de 1810  sucedieron una serie de acontecimientos que derivaron en el Primer Gobierno Patrio.

 

Un barco cargado de noticas

El 13 de Mayo llegaba a Montevideo una fragata inglesa con la noticia que en España las fuerzas napoleónicas habían entrado en Sevilla y depuesto la Junta Central. En su lugar se había formado un Consejo de Regencia integrado por un obispo, un consejero de Estado, un general y hasta un representante del Virreinato de Nueva España (Méjico), títeres al servicio de la ocupación. La posición de Cisneros resultaba insostenible en cuanto el poder que lo había nombrado había desaparecido. Trató de ocultar la noticia incautando los periódicos que el barco traía. Ello no impidió que la misma llegara a conocimiento de los patriotas. Belgrano y Castelli fueron comisionados para plantear al Virrey la no sustentabilidad de su cargo y le exigieron una definición. El 18 de Mayo, acuciado, Cisneros proclamó un bando en el que anunciaba la convocatoria a una reunión del Cabildo de la Capital y posteriormente con los de las provincias, para definir la situación en acuerdo con los demás virreinatos en representación de la soberanía de Fernando VII, dado que, “aún en el caso de que en la Península la monarquía sucumbiera, en América Española el trono de los Reyes Católicos subsistiría”. Era toda una declaración de principios, la expresión de su pensamiento y un plan de acción que el Cabildo de Mayo prácticamente iba a seguir.

Con esas limitaciones el Cabildo Abierto fue finalmente convocado para el 22 de Mayo.

 

El Sol del Veinticinco

Eran días aparentemente lluviosos. La multitud ruidosa y agitada llenaba la Plaza de la Victoria; algunos se protegían con periódicos, que eran escasos, los menos con paraguas, que eran caros. Domingo French y Antonio Beruti  encabezaban una legión de unos 600 jóvenes revoltosos armados con cuchillos, trabucos y fusiles.

El 22, desde temprano, los cabildantes fueron llegando. Habían sido convocados 450, los que vinieron, fueron muchos menos. Los revoltosos que “ejercían” el derecho de admisión, habrían logrado infiltrar algunos. Sólo 251 pudieron atravesar la recova. Había un poco menos de 190 entre comerciantes, vecinos, hacendados, empleados y funcionarios; 60 jefes y oficiales de mar y tierra: 27 profesionales liberales y 25 clérigos y frailes. A primera vista no parecía una composición favorable a las ideas de los patriotas; sin embargo no eran pocos los hijos de ‘buenas familias’, españoles o criollos que se sentían identificados con las idea de un cambio.

En la sesión de apertura el obispo Lué y Riega, quizás el representante más reaccionario de los españoles, terminó de cargar la atmósfera; vestido con un excepcional lujo eclesiástico, con cadenas, cruces y escapulario de oro, adornó su discurso con la afirmación de que “mientras haya un español en América, los americanos le deberán obediencia”. Una intervención que seguramente habrá impactado a los que ya cuestionaban la intransigencia y corrupción de la Iglesia.

Del lado de los patriotas las palabras de Castelli fueron determinantes. Graduado en la Universidad de Charcas (Chuquizaca), desarrolló las teorías de la soberanía popular de los juristas españoles del siglo XVI y XVII potenciadas por las ideas de Hobbes, Locke y Rousseau. Tuvo una oportuna respuesta a la intempestiva interrupción del obispo Lué en cuanto la ironía con la que le propuso: “Si el derecho de conquista pertenece al país conquistador, justo sería que España abandone la resistencia frente a los franceses y se someta por los mismos principios.”…”Los españoles de España han perdido su tierra, que se las arreglen como puedan. Los españoles de América tratan de salvar la suya, que no se preocupen, los americanos sabemos lo que queremos y a dónde vamos”.

La intervención de Juan José Paso, fue poco afortunada. Haciéndose cargo de la propuesta del fiscal de la Audiencia, puso el acento en la urgencia con la que debía ser consultada la voluntad de los demás pueblos del virreinato para ponerse a cubierto de la amenaza de que los franceses aprovecharan la indefinición para hacer pie en las tierras americanas. No percibió Paso que esa premura iba a jugar en contra de los intereses de la revolución al no dar tiempo a los patriotas para controlar la elección de los representantes y evitar que la Junta Grande tuviera la mayoría conservadora que tuvo. Luego de diferentes y opuesta intervenciones, la sesión del 22 terminó con un saldo positivo: la destitución del Virrey.

Durante los días siguientes continuaron los intercambios de opiniones y la agitación. El Cabildo debía designar una Junta de Gobierno en reemplazo del virrey. El Virrey (ex virrey), el síndico y los miembros recalcitrantes del Cabildo intentaron una maniobra: la designación de Cisneros como presidente de la nueva junta. La reacción de los patriotas fue unánime; Martín Rodríguez y Manuel Belgrano plantearon que estaban dispuestos a recurrir a la violencia si el Cabildo apoyaba esa decisión. Antonio Luis Beruti y sus ‘chisperos’ amenazaron con una  llamada  general al pueblo con el toque de campanas. Cisneros tuvo que renunciar y con él la junta que se había intentado imponer.

En la sesión del 25, la del sol con lluvia y sin paraguas, en medio de las amenazas, la Primera Junta de Gobierno fue designada. La componían Saavedra como presidente, Moreno y Paso como secretarios, seis vocales: Belgrano y Castelli, abogados,  Azcuénaga militar, el sacerdote Alberti y Larrea y Matheu comerciantes. Salvo Larrea y Matheu, los demás criollos; casi todos, incluso los españoles fieles al ideario independentista, salvo la cuestionable figura de Saavedra. En su juramento  la junta invocó la lealtad a Fernando VII y a sus “legítimos sucesores”. Sea a través de la Junta Central (que ya había sido destituida), como del Consejo de Regencia, seguíamos atados a España.

La composición de la Junta había sido la resultante de una serie de situaciones contradictorias. Saavedra cuenta en sus memorias que el mismo Virrey lo había persuadido que aceptase el nombramiento. Era el Comandante del Cuerpo de Patricios  el regimiento armado más importante con el que el virrey podría contar  para reprimir a los patriotas cuando la oportunidad se presentara.

A pesar de que la mayoría de cabildantes era ‘bien pensante’, no pocos habrían sido  atraídos por la idea de, si no de romper, por lo menos flexibilizar la cadena colonial. Y aunque pocos podían pensar que Napoleón, en pleno apogeo, en los próximos años, después de quedar entrampado por el infierno ruso, iba a comenzar a declinar, sustentar el retorno de Fernando VII era una idea que por lo hipotética ponía a unos y a otros a medio camino entre la  dependencia y la independencia. Además estaba la amenaza de la violencia  a la que tanto Belgrano como Beruti habían aludido. Contradicciones, indefiniciones, doble discurso; fue en esas condiciones que se constituyó el “Primer Gobierno Patrio”, un  “grito de libertad”, que no fue el primero, ni tuvo la contundencia  y claridad  del de Chuquizaca.

 

El espíritu revolucionario de los hombres de Mayo

Moreno, Castelli y Belgrano fueron las figuras de la Junta con actitudes de mayor firmeza, las más compenetradas con el ideario revolucionario.

Fue en Chuquizaca, con el recuerdo viviente de la rebelión tupacamaru, donde tanto Moreno, como Castelli y Monteagudo, se habían identificado con los integrantes de la gesta (Monteagudo vocero casi permanente de los movimientos revolucionarios latino americanos, prácticamente ignorado por la Historia Oficial). Las aulas, las bibliotecas, las tertulias de Chuquizaca habían sido el abrevadero donde se impregnaron del pensamiento revolucionario y se vincularon con las ideas del ginebrino Rousseau. Fue en las calles y minas de Potosí con los minerales bañados en la sangre de los indios donde terminaron por completar su vocación patriótica.

En 1809, ya en Buenos Aires, Moreno en la Representación de los hacendados desarrolló la idea de fomentar la agricultura y las manufacturas, que de haberse tenido en cuenta, el país hubiera seguido por derroteros distintos de los que transitó. El protagonismo de Moreno en la Revolución de Mayo comenzó a partir de su nombramiento como Secretario de Guerra y de Gobierno  de la Junta difundiendo  sus ideas, a través de La Gaceta de Buenos Aires, primer órgano oficial del gobierno revolucionario, impulsando el desarrollo del comercio exterior con la apertura de puertos y el combate del contrabando.

Castelli fue otro de los grandes de Mayo. Además de su intervención oratoria en las jornadas de Mayo tuvo una activa participación en los sucesos que acaecieron. Fue un hombre de acción a quién Moreno recurrió para hacer concretar el  fusilamiento de Liniers. Sus ideas eran a las de un pensador republicano de avanzada. En la Gazeta de Buenos Aires publicó, probablemente con Monteagudo, un proyecto constitucional que nos asombra por su actualidad: “Los tribunos tendrán la obligación de proteger la libertad y la seguridad del pueblo a través de comicios a los que el gobierno convocará. Ante la posibilidad del no cumplimiento de alguna de esas obligaciones, el pueblo  tendrá el derecho a  exigirlas cada tres meses a través de nuevos comicios, o en un plazo menor si la urgencia lo requiriera. Los cargos gubernamentales se renovarán cada tres años.”

El pensamiento de Castelli tuvo un comienzo de aplicación después Mayo en el período de su gobierno en Chuquizaca. Lo acompañaba Bernardo de Monteagudo. La actividad de Castelli fue de una extraordinaria riqueza. Estaba compenetrado del  espíritu de la Revolución  Francesa, de la introducción de cambios sociales y económicos y estructurales dejando atrás el colonialismo medioeval y explotador de los recursos naturales, en aquellos tiempos, el oro y la plata.  Vale referirse a sus propósitos de poner fin a la servidumbre indígena anulando el tutelaje, de otorgar a los criollos la calidad de vecinos y la igualdad de derechos políticos, de repartir tierras entre los trabajadores,  de abrir escuelas bilingües en español y guaraní, quechua y aimara. En Tiahuanaco, la celebración del 25 de Mayo de 1811 con los caciques indios, fue un paradigmático homenaje a los pueblos originarios.

Nos vamos a referir también, aún si brevemente a Manuel Belgrano, no porque su figura fuera menos importante, sino porque más conocida y reconocida. Si, por supuesto, fue el creador de la Bandera; la jura y los símbolos son importantes, pero si sólo nos redujéramos a eso, nos habríamos limitado a adornar con oropeles la mentalidad de cangrejos con la que la gente fue educada. Belgrano fue un preclaro ideólogo de la subversión americana, precursor del periodismo nacional (La Gaceta y El Telégrafo Mercantil) impulsor de la educación popular, un gran economista, promotor de la industria, de la agricultura, del comercio y del mercado interno. Su poco conocido Reglamento para el Régimen Político, es el primer ensayo constitucional de nuestro país, una avanzada en medio del oscurantismo colonial, aún para nuestra época. El Reglamento no compatibilizaba con el espíritu de la Junta Grande: fue rechazado por la misma.

 

A la reacción realista, la reacción de la Junta

A partir de la formación de la Primera Junta, la reacción colonialista no se hizo esperar. Los miembros de la Real Audiencia (algo así como la Corte Suprema) se negaron a prestar juramento de fidelidad a las nuevas autoridades; solo reconocían la autoridad del Consejo de Regencia; el jefe español del Apostadero Naval de Montevideo declaró su fidelidad al Rey. Más aún, la noche misma del 25, Cisneros comenzó a poner en marcha un plan para derrocar militarmente a la Junta, alertando a Liniers en Córdoba e invitando a las ciudades del interior a desobedecer al nuevo gobierno. Moreno, Castelli y Larrea, enterados a tiempo de la conjuración, lograron detener a los principales implicados; Cisneros  fue deportado rumbo a España, un mes después, Liniers era fusilado.

Habían sido los primeros pasos de la reacción realista. El Virreinato del Perú y las Provincias del Alto Perú eran centros políticos, militares y de recursos mineros desde donde era indudable que la contra revolución se pondría en marcha. Mariano Moreno, comprendió, conjuntamente con Castelli y Belgrano que para consolidar la revolución era necesario una actitud de firmeza a través de las armas. En Julio-Agosto de 1810 forjaron un  Plan Revolucionario de Operaciones destinado a unificar los propósitos  y estrategias de la revolución. Castelli fue designado comandante político de una Expedición al Alto Perú y Belgrano de una Expedición al Paraguay. La tercera pata del plan era José Gervasio Artigas otra de las grandes figuras de la gesta de la Independencia. Había que hacer pie en  la  Banda Oriental, que estaba en manos de los realistas: en Mayo de 1811 Artigas recuperaba Montevideo.

La decisión de nombrar a Castelli y Belgrano como jefes de los Ejército del Norte fue sin duda una decisión cuestionable en cuanto aún si ambos iban a hacer frente a la reacción española, la Junta se desprendía de unas de sus más valiosas figuras. Moreno no iba a contar con los apoyos que le hicieron falta cuando entró en juego la reacción conservadora.

Con la designación de Castelli se puso en marcha el Ejército de Alto Perú. El 7 de Noviembre de 1810 con Balcarce a la cabeza, se lograba en Suipacha el primer triunfo de las fuerzas patriotas. El 25 del mismo mes Castelli era recibido en Potosí por un Cabildo Abierto que juró obediencia a la Junta de Buenos Aires. Instalado en Chuquizaca intentó poner en marcha un  plan militar para lograr el control del Alto Perú: cruzar el Desaguadero, la frontera del Virreinato del Río de la Plata con el Virreinato del Perú y ocupar las intendencias de Puno, Cuzco y Arequipa, los principales baluartes realistas, fuentes de sus recursos económicos. El plan de Castelli fue rechazado: en Buenos Aires, la Junta Grande había reemplazado a la Primera Junta  con un espíritu conservador afín al mantenimiento de la estructura colonial. Esa decisión ponía fin a la política revolucionaria de transformación. La Revolución Independentista caía en las redes del conservadorismo.

En cuanto a la Campaña de Belgrano en Paraguay, en Enero de 1811 el avance fue detenido en Asunción, con la formación de un gobierno propio que, aunque independiente de la Junta de Buenos Aires y de la Junta de Regencia de  España, sostenía la consigna de esperar el retorno de Fernando VII. En Montevideo, el Gobernador  Elio (luego virrey) a diferencia de la posición independentista de Asunción y en absoluta oposición a la Junta de Buenos Aires, asumió la representación de la Corona Española en espera del retorno de Fernando VII.

 

Los enfrentamientos internos

Con tropiezos, la Revolución fue avanzando; pero los sucesivos gobiernos iban a estar trabados en el camino de la independencia por la reiterada aceptación de fidelidad a Fernando VII. Se enfrentaban dos corrientes. La del pensamiento revolucionario de Moreno, Castelli, y Belgrano, firmes partidarios de la ruptura definitiva de los vínculos con España, que pugnaba, a través de un Gobierno propio dentro del espíritu renovador de la Revolución Francesa, por un cambio en la estructura social y económica colonial, reivindicando los derechos de los pueblos originarios. Por otro lado, la corriente conservadora que pretendía el mantenimiento de las estructuras coloniales, liderada por Saavedra para quien un gobierno propio no era incompatible con el retorno de Fernando VII. En la coyuntura de afirmación del poder napoleónico esa posibilidad, estaba lejos de ser viable, pero le servía para lograr  el apoyo de los españoles y  frenar el ímpetu de la Revolución. Fue a través de esas líneas de acción que se fueron dando los pasos hacia la independencia.

Fue así como el 18 de Diciembre de 1810, de acuerdo a lo establecido por el Cabildo de Mayo, se celebró la reunión de la Asamblea que con el nombre de Junta Grande como órgano ejecutivo de gobierno reemplazó a la Primera Junta.

Los hechos se sucedieron de la manera siguiente. En la reunión inaugural la Asamblea  estaba integrada los siete miembros de la Primera Junta que se hallaban en Buenos Aires  (Saavedra, Paso,  Azcuénaga, Alberti, Matheu, Larrea) y  nueve diputados de las provincias.

El propósito de Cornelio Saavedra y del Dean Gregorio Funes había sido el de reducir el alcance  revolucionario de los cambios que la Primera Junta podría llevar adelante. El binomio había conseguido hacer nombrar como representantes de algunas ciudades  del interior a individuos que se identificaban con esas ideas.

Con esa conformación se puso a votación la propuesta de constituir un gobierno integrado por el total de los asambleístas. Moreno había advertido la maniobra y junto con Paso fueron los únicos que  votaron en contra. Se ha pretendido que esa actitud ponía de manifestó un intento de apoyar la supremacía porteña en desmedro del interior. Nada de eso, Moreno y Paso sostenían que se debía formar un congreso integrado por representantes de mayor cantidad de ciudades del interior. Mientras, provisoriamente, el poder ejecutivo  seguiría en manos de  la Primera Junta. Moreno sabía que en el interior podía contar con gente capaz, amiga de la revolución, pero no tenía los contactos, el aparato, que los saavedristas tenían. En esas condiciones, entendió que no tenía sentido continuar en la Junta y renunció.

Para los conservadores, Moreno, aún desde el llano, era un individuo peligroso. Para desembarazarse de él, el 24 de Diciembre de 1810, fue designado representante en Río de Janeiro y en Londres con el pretexto de una misión comercial para la compra de armas. Un mes  después, se embarcaba para su destino final. El 4 de Marzo de 1811 en circunstancias para nada claras, moría en alta mar. Hay numerosos  elementos que hacen suponer que murió intoxicado (envenenado): comentarios anunciadores,  nombramientos anticipados; una carta de Saavedra: “Conseguí lo que me proponía, expulsar a ese demonio del infierno”.

Mientras, los enfrentamientos continuaban en un triple frente: el de los realistas, el de los revolucionarios (“morenistas”) y el de los conservadores (“saavedristas”). En Enero de 1811,  en la Banda Oriental, Javier Francisco Elío, designado Virrey del Río de la Plata, volvía a Montevideo y con la flota  española bloqueaba el puerto de Buenos Aires, las bocas del Paraná y la del Uruguay. En Mayo de 1811, en cumplimiento del Plan de Operaciones, José Gervasio Artigas, después de derrotar a los realistas en la Batalla de Las Piedras, el primer triunfo  de las fuerzas revolucionarias en el Río de la Plata, se incorporó al primer sitio de Montevideo. Aún sitiado, Elío quedó  con el control de la Colonia del Sacramento, mientras, la flota  española, seguía bloqueando Buenos Aires.

En Abril del mismo año, el conservadorismo seguía afianzándose; los cuatro miembros de la ex Primera Junta, Larrea, Azcuénaga, Vieytes y Rodríguez Peña (que había reemplazado a Moreno), eran desplazados de la Junta Grande.

En tanto, en el Alto Perú, la Junta Grande que había dado la orden de no avanzar sobre el Virreinato del Perú hizo firmar una tregua por 40 días. El 20 de Junio de 1811, en plena tregua, el ejército realista atacó al Ejército del Norte. El General Viamonte que debía reforzar con su tropa, no lo hizo, fue el Desastre de Huaqui y el fin de la Expedición al Alto Perú.

A partir de Huaqui la situación se tornó cada vez más desfavorable. Con la ciudad bloqueada, la Junta Grande se debatía en la inoperancia, descentralizada sin conducción (Saavedra había sido enviado al Norte para tratar de reorganizar el ejército). Fue una situación que el Cabildo de Buenos Aires aprovechó para elegir nuevos apoderados. Así, el 22 de Septiembre de 1811, lograba  que la Junta, presionada por la prensa y las manifestaciones públicas aceptara la creación de un nuevo gobierno, el del Primer Triunvirato, formado por Chiclana, Sarratea y Paso, con Bernardino Rivadavia, como secretario de Guerra y Vicente López, secretario de Hacienda.

El Primer Triunvirato fue inicialmente un fugaz retorno del morenismo, en cuanto dio los primeros pasos acordes con un país que comenzaba ponerse en marcha; un comienzo de cambio y desarrollo: el  fomento de la industria y la inmigración, la prohibición de introducir esclavos, declarar la libertad de prensa, crear una comisión de Inmigración y colonización, Desde el punto de vista  del ordenamiento institucional, el Triunvirato iba a tener un año de vigencia con una presidencia rotativa de cuatro meses. La Junta Grande con el nombre de Junta Conservadora continuó existiendo como Poder Legislativo, se abocó a la elaboración de un Reglamento Orgánico que debía establecer la división de poderes y sus atribuciones.

 

Unitarios y Federales

Fue también en ese período cuando se empieza a vislumbrar otro enfrentamiento, que se va a traducir en la lucha que durante más de medio siglo va a ser protagonista  de la Historia  de la Provincias Unidas: el enfrentamiento de unitarios y federales.

Dos banderas que la Historia Oficial ha presentado frecuentemente como un enfrentamiento entre el  interior y el puerto de Buenos Aires. No era este único conflicto que traducían, a  la expresión de intereses  relacionados con el manejo del puerto, opuestos al desarrollo regional se contraponían  las mejores posibilidades de un gobierno centralizado frente al fraccionamiento de los gobiernos provinciales, a menudo trabados en luchas internas. ¿A quién no le resulta sorprendente que dos de nuestros más grandes próceres como San Martín y Belgrano hayan sido conceptualmente unitarios en cuanto centralistas, partidarios de un rey para nuestras Provincias Unidas?

El hecho es que los enfrentamientos de revolucionarios con conservadores y de unitarios con federales no estaban atravesados por la misma línea de separación; hubo patriotas progresistas como Sarmiento que militaban en el campo unitario  y como Dorrego, en el bando federal.

El mundo de comienzos del siglo XIX estaba pasando por la gran transformación ideológica de la Revolución Francesa  entrando en la transformación económica de la Revolución Industrial. El espíritu inquieto que germinaba en el nuevo continente no podía ignorar esa situación ¿Cómo  no sentirse atraídos por las “nuevas“ ideas del “viejo“ mundo, incluidas  la avanzada de la Revolución Norteamericana?

Era una transformación, quizás equivalente a la transformación en la que actualmente estamos sumergidos, con ideas contradictorias; con confusiones ideológicas como las que tiñeron la gesta independentista. ¿Quién puede tener el coraje de reprocharle a Sarmiento (“estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes”) que haya puesto en el tapete el enfrentamiento  ‘barbarie-civilización’ cuando su preocupación inclaudicable era la lucha por la libertad y por la proyección de “ los rayos de sus luces”, la libertad de prensa? ¿Quién podía imaginar que en ese artificio, en el país de Robespierre iba surgir la contrafigura de un emperador como Napoleón? ¿Que en  la naciente república del país del Norte germinaba un racismo que todavía no ha podido ser extirpado?

En ese mundo contradictorio, el Primer Triunvirato transitó por una situación por demás ambigua. Su propio nacimiento había marcado sus limitaciones. La Junta Conservadora había confirmado la fidelidad a Fernando VII, postergando toda definición sobre el tema de la independencia, al punto de ordenar a  Belgrano que arriara la bandera celeste y blanca que había presentado a las tropas en las barrancas del Paraná. Un estigma, el de la fidelidad a Fernando, que va a estar presente cuando la Logia Lautaro lo destituyó.

El desplazamiento de la Junta Grande por inoperancia y falta de centralidad, implicó la desaparición de la participación de las provincias y la acentuación del poder en Buenos Aires. Con la ciudad bloqueada y Montevideo sitiado, las fuerzas portuguesas avanzaron sobre la Banda Oriental en apoyo a los realistas de Montevideo. En Octubre de 1811, decidido negociar, el Triunvirato firmó un armisticio acordando el retiro de sus tropas de la Banda Oriental y dejando a  parte de la actual provincia de Entre Ríos en poder de los españoles.

El acuerdo fue rechazado por Artigas seguido por sus gauchos y parte de la población oriental, el llamado “Éxodo Oriental”. Establecido en la margen occidental del Río Uruguay cerca de la localidad entrerriana de Concordia, Artigas comenzó a relacionarse con los caudillos locales entrerrianos y correntinos, la base de lo que va a ser la Liga Federal.

A pesar de la aparente firmeza con la que había llegado, el Triunvirato mostraba poca disposición para terminar de romper los vínculos con España. Al abandono de la Banda Oriental siguió la orden a Belgrano, al mando del Ejército del Norte, de retroceder a Córdoba  ante el inminente ataque realista. Era una estrategia equivocada dada la orografía llano-montañosa de Córdoba. Así lo entendió Belgrano. Fue el origen del “éxodo jujeño” y el triunfo posterior en Tucumán.

 

Hacia una independencia limitada

En marzo de 1812, José de San Martín y Carlos María de Alvear llegaban a Buenos Aires. La Revolución había perdido su rumbo. Con la fundación de la  Logia Lautaro (el nombre del cacique araucano que en el siglo XVI, se había levantado contra los españoles) San Martin junto a Alvear, José Matías Zapiola, Martín Rodríguez y otros, patriotas se pusieron en marcha para avanzar sobre las bases organizativas del país y afirmar la vocación revolucionaria con la declaración de la independencia.

A principios de Octubre de 1812 la noticia de la victoria de Belgrano en Tucumán convulsionó a la población. Poco después tuvo lugar el Levantamiento del 8 de Octubre, que la Historia Oficial o prácticamente lo ignora o no coloca en el lugar que le corresponde en cuanto no fue “un golpe militar” ni una “acción revolucionaria” protagonizado por San Martin (¿San Martín golpista?). Fue una movilización cívico militar en la Plaza de la Victoria preparada por San Martín, con Alvear y la Logia Lautaro que derribó al Primer Triunvirato  y puso en su lugar al Segundo Triunvirato. Al Segundo Triunvirato lo componían Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez Jonte, con Rivadavia como secretario. Paso, sin una orientación ideológica bien definida, había integrado todos los gobiernos patrios anteriores; los otros dos triunviros eran parte de la Logia Lautaro: Rodríguez Peña había reemplazado a Moreno en la Primera Junta, Antonio  Alvarez Jonte, que  algunos conocerán por el nombre de una de las  avenidas porteñas, era un activo participante de la Revolución. Se trataba de terminar con las inoperancia del Primer Triunvirato, retomando la iniciativa y reencausando la Revolución. Confirmaba la tendencia a una mayor concentración de poder y al predominio de Buenos Aires. Además de retomar la iniciativa en el enfrentamiento con los realistas, su objetico principal era el de convocar una Asamblea Constituyente  que estableciera las bases  organizativas del país y que declarando la  independencia, terminara de romper los vínculos con la corona española.

Las primeras iniciativas de Alvear se orientaron en ese sentido, brindar un significativo apoyo a San Martin en la formación del Regimiento de Granaderos a Caballo y reanudar el sitio de Montevideo. Bajo el mando de Rondeau y con la incorporación de Artigas, en la Batalla del Cerrito (un pequeño promontorio en la proximidad del Cerro de Montevideo), la Revolución parecía reencausarse. En esas acciones Artigas cada vez más popular tomaba relevancia como Protector de los Pueblos Libres.

En cumplimiento de los otros objetivos, el Triunvirato convocó a una Asamblea general de representantes de las provincias.

En Enero de 1813 comenzaron a llegar los delegados de las distintas provincias. Acaudillados por Artigas los representantes de la Banda Oriental además de la consigna de la inmediata declaración de la independencia, traían un amplio y ambicioso programa: la formación de un gobierno central fuera de Buenos Aires, el respeto por las autonomías provinciales, la promoción de un sistema político y social de defensa de las libertades civiles y religiosas. Era un programa que la burguesía porteña ahora con Alvear a la cabeza  no estaba dispuesta a aceptar. Los diputados orientales fueron rechazados por supuestas irregularidades en su elección. Alvear, por intermedio de Rondeau, hizo elegir nuevos diputados. Quedaba en claro el ámbito en el que la Asamblea se iba a mover  y  Artigas, declarado traidor, infame y enemigo de la Patria, seguido por sus hombres, se retiró del sitio de Montevideo.

Veamos el contexto internacional en el que la Asamblea empezó a funcionar.

Las negociaciones entre los representantes de Napoleón y los de Fernando VII tornaban inminente su retorno de éste al trono y el comienzo de una campaña para recuperar las colonias. La idea de San Martin era la de atacar a los españoles por la retaguardia (la ciclópea travesía de los Andes, Chile, el Pacífico y el Callao). Mientras dejaba a Güemes y sus gauchos en resguardo del Norte para frenar la acometida de los realistas. El plan  iba a requerir un enorme esfuerzo  de todo el país. Para lograr ese apoyo,  era fundamental una clara ruptura con España y la impostergable declaración de la independencia.

Para Alvear el camino a seguir habría sido diferente: una política defensiva que terminaría por aquietar las aguas. Para lograrlo habría pensado en San Martín a la cabeza del Ejército del Norte con una estrategia que se limitara a rechazar un eventual ataque realista sin intentar avanzar en el Alto Perú. Dentro de ese objetivo había que dejar de lado la declaración de la independencia que irritaría a la monarquía. Habría sido algo similar al “Ni guerra, ni paz” que cien años más tarde los soviéticos plantearon a los teutones en Brest Litovsk.

No era este el único punto de distanciamiento entre San Martin y Alvear. En el  conflicto entre el Reino Unido y Francia y el de ésta con España, España era aliada del Reino Unido, el principal comprador y proveedor de los productos que Buenos Aires proveía y consumía. En ese juego de intereses y de  alianzas la burguesía ganadera de Buenos Aires era la principal beneficiaria de ese intercambio. La prolongación del conflicto podría afectar los intereses de la familia de Alvear con la que este se sentía identificado desde su retorno. No era sólo con la burguesía porteña con la que San Martín  pensaba que había que contar, para su plan era necesario que colaboraran todas las fuerzas vivas del país.

Cabría preguntarse en qué circunstancias Alvear  habría formulado su plan en absoluta oposición con el planteo de una impostergable declaración de la independencia sobre cuya base  la Logia Lautaro se había organizado.

Nacido en las misiones jesuíticas, en una antigua familia española de noble prosapia católica y militar, su nombre bautismal era Carlos María Antonio del Santo Angel Guardián y Balbastro, su padre Diego de Alvear y Ponce de León (español), su madre María Balbastro (de una encumbrada familia porteña). Era la  séptima generación  de una saga de políticos, militares y empresarios católicos cantábricos que en un momento adquirieron viñedos y fundaron bodegas: las Bodegas “Alvear”. Trasladado a España en 1807, Alvear se incorporó a la carrera militar y  cuando la invasión napoleónica participo en diferentes combates. En 1809 ingresó en la Logia de los Caballeros Racionales  que sustentaba los principios de libertad en los que se inspiraron los movimientos revolucionarios de  América latina. Allí conoció a algunos de los que fueron sus compañeros en su retorno, entre otros San Martín. Con el estallido de la Revolución de Mayo ambos decidieron regresar a Buenos Aires.

Con esos antecedentes no resulta difícil suponer que la idea de organizar lo que después fue la Logia Lautaro fue producto de reflexiones y de intercambios entre ambos, con anterioridad al desembarco en Buenos Aires.

Resulta igualmente imaginable que el giro cuasi copernicano del pensamiento de Alvear, el abandonó los ideales revolucionarios  que hemos esbozado, haya nacido a partir del reencuentro con su familia, una verdadera catarsis de las vivencias de su pasado, de sus raíces de clase. Un ambiente en el que Alvear quiso introducir a  San Martín, con el que éste no se  identificó. Vale señalar que en ese ámbito San Martín conoció a la que devino su esposa,  Remedios Escalada y que Alvear, todavía  su amigo, fue su testigo de casamiento.

A partir de esta ‘nueva’ imagen de Alvear vamos retomar el tema de la Asamblea del Año XIII en  el momento su constitución. Dominada por la figura de Alvear y sus ideas, se encontraba en una complicada situación. Resultaba altamente impopular continuar con las declamatorias expresiones de fidelidad a la Corona y contrario a la estrategia de Alvear, proclamar la tan largamente pregonada  independencia.

En ese contexto, la Asamblea de la que Alvear fue nombrado presidente encontró una alambicada fórmula que aparentemente salvaba el escollo: sin proclamar la independencia, declarar la soberanía del pueblo reunido en Asamblea. Así  sin que la independencia sea declarada, ni jurada, el juramento de fidelidad a Fernando VII estaba por primera vez ausente. Además, la constitución tampoco era sancionada, ni establecida ni la forma republicana, ni la división de poderes.

Aparte esta lamentable decisión, diríamos, más bien “indecisión”, la Asamblea adoptó una serie de disposiciones de gran valor histórico y social. Aprobó el uso de los símbolos patrios desechados por el Primer Triunvirato: la bandera, la escarapela, el escudo, el himno; en lo social, declaró la libertad de vientres, eliminó la inquisición y el uso de elementos de tortura, abolió el mayorazgo y los títulos de nobleza, pensiones o cualquier otro privilegio o distinción que “emane de cualquier gobierno extraño”,  hizo cesar en sus funciones a las autoridades eclesiásticas nombradas desde España, eliminó los servicios a los que estaban obligados los pueblos originarios, el pago de tributos, la mita, las encomiendas, el yanaconazgo y el servicio personal que prestaban a las iglesias, sus párrocos y ministros. En esas y en otras decisiones de la Asamblea participó Monteagudo el incansable vocero de la Revolución.

La política de statu-quo no fue el único cambio que Alvear intentó poner en marcha. El camino que siguió se orientaba hacia otros propósitos.  Con la excusa de la amenaza exterior la Asamblea dio un paso más hacia la concentración del poder al reemplazar la dirección compartida del Triunvirato por la de un Director Supremo elegido en la persona de Gervasio Posadas (tío de Alvear). Tras su retiro del sitio de Montevideo, Artigas, declarado infame y enemigo de la Patria, lanzó una serie de campañas desde la costa del río Uruguay  que van a culminar con el establecimiento de la Liga Federal  o Unión de los Pueblos Libres de los que Artigas era proclamado Protector. Siendo uno de los grandes patriotas de la Independencia,  factótum del nacimiento de la República del Uruguay, Artigas ha sido vergonzosamente minimizada por la Historia Oficial. Con continuos enfrentamientos con el Directorio  y en alianza con los caudillos federales lo llevaron al control de las actuales provincias de Corrientes, Entre Ríos, las poblaciones Misioneras y el interior de la Banda Oriental.

Por su parte Alvear, con el manejo casi discrecional de la Asamblea supo tomar como suyo el fin del sitio de Montevideo, logro de Rondeau y del Almirante Brown y lograr así ser coronado como nuevo Director Supremo. Vale mencionar el párrafo de la carta que escribió al Embajador británico en Río como expresión de su vocación independista y republicana que como fundador de la Logia Lautaro traía: “Estas provincias desean pertenecer a Gran Bretaña”. Una carta que la Historia Oficial no ha rescatado.

Hay que reconocer que con su ‘poder casi supremo no  fue un dictador. Apenas  un aprendiz, aprendiz por la brevedad de su mandato: estuvo en el poder casi cuatro meses, desde Enero hasta Abril de 1815. En todo caso, el ‘Cabildo’ de Buenos Aires (la Municipalidad), o más exactamente su padre Torcuato de Alvar el primer Intendente de  la capital, no lo olvidó,  le  consagró una estatua ecuestre del escultor francés Bourdelle, cuyo caballo de bronce pisotea el basamento de una plaza, y también una calle de siete cuadras en  uno de los sectores más aristocráticos de la ciudad (la Recoleta), la “Avenida” Carlos María de Alvear. Para la mayoría de los patriotas, la actitud de Alvear era una traición a la patria. Fue derribado por un movimiento encabezado Alvarez Thomas que le sucedió en el cargo. La necesidad de organizar al país y declarar la independencia seguían pendientes. El nuevo Director Supremo convocó a un Congreso, esta vez en la ciudad de Tucumán.

 

El Congreso

Veamos sintéticamente las condiciones en las que el Congreso de Tucumán fue convocado. A través de un Estatuto redactado por una Junta de Observación nombrada por el Cabildo de Buenos Aires, los diputados del Congreso serían elegidos por los ‘ciudadanos propietarios del virreinato’ a razón de uno cada 15.000 electores. Buenos Aires con más de 90.000 tuvo 7 diputados, La Rioja, Jujuy, San Luis y Cochabamba solamente 1 diputado.

En el Congreso no hubo representación artiguista ¿Cuáles fueron las             razones? En junio de 1815 Artigas había reunido en Concepción del Uruguay un  Congreso  en el que los participantes como integrantes de un sistema federal juraron la independencia  de España y de todo poder extranjero, con el compromiso de llevar ese mandato a Tucumán. Los congresistas se habían anticipado en un año a la declaración de nuestra Independencia.

Los propósitos de Artigas eran más amplios, los de extender la Confederación al resto del ex-Virreinato del Río de la Plata, en particular a las sectorizadas provincias que Buenos Aires manejaba; la invitación postulaba el propósito de mantener la unidad federal de todos los pueblos  basado en el principio de: «declarar la soberanía como objeto de la revolución”.

Vale conocer otro aspecto del pensamiento de estos representantes de la Liga Federal. Artigas había promulgado un Reglamento Oriental para el Fomento de la Campaña que establecía la expropiación de tierras de “emigrados malos europeos y peores americanos” y el reparto de tierras entre los desposeídos del país “para fomentar con brazos útiles la población de la campaña”, una verdadera Reforma Agraria. En la misma época en Buenos Aires se sancionaba el Reglamento de Tránsito de Individuos por el que: “Todo individuo que no tenga propiedad legítima y no se muna de una papeleta de su patrón de quien es sirviente, visada por el juez será reputado como vago y detenido o incorporado a la milicia”. En ese contexto no es sorprendente que las autoridades de Buenos Aires consideraran que los delegados de Artigas no eran deseables y al tiempo que procedieron a la detención de los que iban llegaban a Tucumán,  pusieran en marcha una invasión a Santa Fe donde Estanislao López, el naciente caudillo santafesino, comenzaba a dominar. Ante la orientación que esos  manejos evidenciaban, Artigas decidió no enviar delegados. Aunque la ruptura no fue definitiva (hubo por su parte reiteradas propuestas de acercamiento), el sector por él acaudillado, con el nombre de Unión de los Pueblos Libres, afirmó su individualidad.

El 24 de Marzo de 1816 comenzaron las sesiones del Congreso. La primera tarea fue la designación un nuevo Director Supremo en reemplazo del renunciante Álvarez Thomas. Pueyrredon, acaudalado comerciante, de larga militancia en la revolución, fue elegido para el cargo. Había tomado la conducción de la Logia Lautaro en la que el nuevo pensamiento de Alvear era ahora dominante. Si para ambos era importante un poder  centralizado, para Alvear era fundamental la concentración en manos de la burguesía porteña.

Las sesiones siguientes fueron dedicadas a debatir sobre la forma de gobierno. La mayoría de los congresales era partidaria de una monarquía constitucional, la forma de gobierno generalizada en Europa donde después de la caída de Napoleón se había impuesto la Restauración Absolutista. En el mundo sólo en Estados Unidos regía la república. Belgrano y San Martín  compartían la opinión de que la monarquía sería la única forma de  que las naciones europeas aceptaran nuestra independencia. Belgrano  propugnaba una monarquía moderada encabezada por un representante de la casa de los Incas; sería una manera de reparar la injusticia histórica cometida con los pueblos originarios. Las discusiones entre monárquicos y republicanos seguían; para  San Martín la demora en la decisión de declarar la Independencia, lo sacaba de quicio: “se torna ridículo  hacer la guerra a un soberano de quien se sigue aceptando la dependencia”, le escribía  su amigo, el diputado Tomás Godoy. En la sesión del 9 de Julio se proclamó el  Acta que declaraba  “a la faz de la tierra la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata como una nación libre  de los Reyes de España y su metrópoli”. Pedro Medrano, diputado por Buenos Aires, exigió que al párrafo “una nación libre de los Reyes de España y su metrópoli se le agregara “y de toda dominación extranjera”. Con ello intentaba evitar la ignominia de entregar parcial o totalmente el territorio de las Provincias Unidas a una potencia extranjera.

La Independencia había sido finalmente declarada. El Congreso de Tucumán integrado por 35 representantes del sector las Provincias Unidas del Río de la Plata era sustancialmente minoritario con relación a lo que había sido el territorio del Virreinato. Los federales, la Unión de los Pueblos Libres, el Paraguay, las Provincias del Alto Perú; estuvieron representado por residentes en Buenos Aires, al igual que San Luis;  Córdoba aunque estuvo representada formaba parte de la Liga Federal. Esa fue la conformación que declaró nuestra hoy Bicentenaria  Independencia. No se trata de poner en tela de juicio su validez, solamente subrayar que se trató de  un sector minoritario, indiferente al sometimiento de los desposeídos, contrario a la repartición de la tierra,  que propició la separación de la región oriental de la Cuenca del Plata desgajada entre Río Grande del Sur y  lo que después devino la República Oriental del Uruguay,  una actitud que empaña nuestra historia y  que la Historia Oficial prefiere soslayar.

A través de su Director Supremo, la Republica llevaba en su propio seno un cáncer que podría haberla llevado a la destrucción. Mientras, el Congreso declaraba formalmente la independencia, Pueyrredon y algunos congresales iniciaron gestiones para entregar las provincias orientales, al dominio de Portugal o de Inglaterra, o más exactamente a la monarquía portuguesa de Río, juguete de Inglaterra. Lo de Medrano no había sido una premonición. En una carta al embajador en Río nuestro Director Supremo le escribía: “los pueblos ya no insisten en sus ideas democráticas, es el momento de proponer la coronación en el Río de la Plata del Infante del Brasil”. Era también el pensamiento del jefe de la flota británica, para quien la declaración de la Independencia fue necesaria para aplacar  el entusiasmo revolucionario de aquellos que constituían un peligro. Para otros, como lo subraya Felipe Pigna, era “el regreso del Orden”. El constante crecimiento de prestigio de la Liga  de los Pueblos Libres había atemorizado tanto a los unitarios de Buenos Aires y de Montevideo como a los portugueses.  El Protector de los Pueblos Libres “delenda est” podría haber dicho Pueyrredon que puso en marcha un acuerdo con los luso-brasileños para aniquilar a Artigas, En las instrucciones a Terrada,  comisionado en Río,  Pueyrredon  le precisaba las condiciones del pacto de gobernabilidad con los portugueses: “el acuerdo para el ingreso de las tropas portuguesas a los territorios de Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Santa Fe  y a los territorios de la Banda Oriental no los autoriza a poner en juego la libertad e independencia de las Provincias representadas en Tucumán”. Estaba dispuesto a entregar parte de lo que no habían alcanzado a ser s las Provincias Unidas a cambio de tener las manos  libres para las fechorías gubernamentales.

En Agosto de 1816 las tropas luso-brasileñas invadían la Provincia Oriental. Buenos Aires les cubría las espaldas. Se había comprometido a no admitir a Artigas y a sus partidarios en el territorio de la Banda Occidental del Río Uruguay. A mediados de 1819  Pueyrredon era reemplazado  en el Directorio por Rondeau que  continuó esa política.  En Enero de 1820 las fuerzas luso-brasileñas vencieron a Artigas y sus lugartenientes en la batalla de Tacuarembó, ello significó la derrota definitiva de Artigas, que debió abandonar el territorio oriental al que ya no volvería.

Con la Batalla de Cepeda, en Febrero de 1820 y la caída del Directorio, el Tratado del Pilar significó la aceptación, al menos teórica del régimen federal que implicaba el derecho de auto gobierno de las provincias. Fue el fin de la primera guerra civil que había durado seis años (desde 1814 a 1820).

El triunfo del federalismo no implicó el advenimiento de una República Federal. Las provincias declaradas autónomas de un poder central pusieron al desnudo la falta de su sentido de unidad en lo que se ha llamado  la Anarquía de los Años XX. Un período  de enfrentamientos entre caudillos federales entre sí y entre éstos y los jefes unitarios, una segunda guerra civil que duró unos diez años hasta la afirmación de la figura de Rosas. En el período siguiente, de aproximadamente medio siglo se volvió a plantear el pleito federal-unitario, que en 1880 durante Avellaneda terminó con la configuración política de la Argentina.

 

COMPLEMENTO

Por una Política de Estado

¿Cuáles fueron los intereses y el pensamiento de los distintos sectores enfrentados en  los tres períodos a los que nos hemos referido?

En la primera guerra civil sobresale Artigas, el Protector de Los Pueblos Libres que reclamaba la autonomía federal, la transformación social y postulaba el desarrollo de la incipiente industria del  interior; en regiones como Cuyo, Córdoba, Corrientes y el Noroeste, pequeñas y medianas industrias, aunque rudimentarias abastecían y defendían el mercado interno. Se oponían a los unitarios, que respondían a los intereses de los sectores ganaderos y a los mercantiles de Buenos Aires que privilegiaban la dependencia con Inglaterra.

En el segundo período, el de la Anarquía en la década del XX, del aparente triunfo del federalismo, las disensiones entre los caudillos federales y los enfrentamientos con los unitarios llevaron al país  al borde de la disolución.

En el tercer período hay una transformación de los principios partidistas, la economía del interior federal en manos de los estancieros y hacendados, quedó atrapada por el centralismo bonaerense de Rosas que manejaba el puerto. Mientras, los unitarios, enfrentados a la barbarie mazorquera, agitaban las banderas de la libertad y del derecho (“educar al ciudadano”). Con la intemperancia de los manejos rosistas, el país mantuvo su perfil agroexportador de los señores de la tierra con una acentuada diferenciación  de clases y postergación del desarrollo. Un perfil que subsiste y del que si debemos salir debería serlo parcialmente. Sería una incoherencia que, con condiciones geográficas-ecológicas que permiten una producción agrícola-ganadera que podría alimentar a una población  de 300 millones de habitantes abandone totalmente ese perfil. La población mundial creciente tuvo, tiene y tendrá necesidad de alimentarse  con productos naturales. Las condiciones están, el mercado existe; lo que hace falta es una Política de Estado que favorezca el desarrollo dentro de esos parámetros: la agro-industria, las energías renovables.  Ser granero del mundo no es una desgracia, es una bendición.

 

COMENTARIO

En un mundo tan contradictorio como el actual, y como el del período en el que Sarmiento vivió, se trataba de no ignorar las diferencias. Por eso mientras escribía este texto empecé a leer el Facundo; lo tenía en exposición en una magnífica edición en cuero cosido con xilografías de Nicasio. Tenía miedo de equivocarme.

Me asombró, me asombré. A Sarmiento los caudillos le asombraban por su bravura, producto de la pampa bárbara, de la tierra indómita, rodeados de gauchos ignorantes que la sociedad de su tiempo expulsaba porque no podía incorporar, los marginaba y los enredaba con el indio originario, los convertía en ‘guachos’, “resertores” (‘las papeletas’). Lo de  “gauchos vagos”, no es el epíteto que les corresponda de acuerdo a la pintura que de ellos hace. De esas “escorias”, se rodeaban los caudillos, señores de la tierra, defensores de sus intereses y de los de los pequeños artesanos, de los puesteros a lo largo de los caminos de las minas al puerto. Federales, sí, porque de ese contexto nacía el sentido de la independencia (la suya y la del interior). Por eso lo de “Civilización y Barbarie” y no, Civilización o Barbarie. Sarmiento amaba esa “barbarie” donde nació nuestro ser nacional. Los que lo critican no entendieron nada.

Es también en la interpretación de Rosas sobre la que quiero hacer algunas reflexiones. Dejemos de lado, su nula participación en la Revolución de Mayo (tenía diez y siete años), su condición de gran hacendado, su saladero, sus negocios como exportador de carnes y de cueros, los beneficios que le significaron la ley de enfiteusis (del insuficientemente odiado Rivadavia); la absoluta contradicción de no haber compartido los beneficios de la Aduana con las provincias del interior, origen del conflicto unitario federal y la inaceptable postergación de la organización nacional (no hizo nada por encaminarla en los más de 20 años con facultades extraordinarias); la entrega sin mayores de las Malvinas.

El hecho preocupante es que la valoración de Rosas, está en la base de las ideologías autoritarias, fachistoides de algunas tendencias del revisionismo histórico (Rosas si, Sarmiento no). Un revisionismo en oposición al que pretendo con estos “Ajustes en la Historia Oficial”.

En qué contexto y cuál es la supuesta valoración nacional que se le atribuye?

Desde la Rebelión de las Trece Colonias (la Revolución americana de 1786), la Revolución Francesa (1789), la Expansión Napoleónica (1800), los países de Europa Occidental (Reino Unido, Francia, Portugal), quisieron extender su influencia y dominio sobre la región del Río de la Plata, donde España ejercía su potestad. Portugal tenía una cabecera en Brasil. Inglaterra había hecho sus primeros intentos en las Invasiones de 1806 y 1807.

En 1808 Napoleón envió a Buenos Aires un representante. Pretendía que el Virrey Liniers, reconociera los derechos de Francia sobre las colonias españolas dada la sustitución de Fernando VII por José Bonaparte. En 1811 los portugueses iniciaron la invasión cisplatina  en supuesto apoyo a al Gobierno de Elio en Montevideo que se negaba en reconocer la Junta de Buenos Aires.  En los años que siguieron, los ingleses, mientras mantenían relaciones comerciales con Buenos Aires, dentro de la actitud aperturista de los gobiernos sucesivos, no dejaban de buscar la oportunidad de una tercera Invasión. Los franceses tenían una actitud similar.

La posibilidad de concretar esa política, no era ajena a la actitud de dos de “nuestros grandes hombres”: Alvear, en su carta al Embajador británico en Río en 1815 y. Pueyrredon, que mientras el Congreso declaraba formalmente la independencia, negociaba “un pacto de  gobernabilidad”: entregar la Banda Oriental al dominio de Portugal o de Inglaterra, o más exactamente a la monarquía portuguesa de Río, juguete de Inglaterra, a cambio de dejar a salvo los territorios de la Provincia Unidas.  Era “sólamente” la entrega de los territorios de la Banda Oriental del Río Uruguay: la efímera República de San Pedro del Río Grande, y la que devino la República Oriental de Uruguay. La política anexionista  continuó con la invasión luso-brasileñas durante la anarquía de los años 1816-1820  con la frecuente colaboración de los jefes unitarios.

Con el trasfondo de ese panorama debemos entender la interpretación valorativa de la política exterior de Rosas, apoyada fundamentalmente en la glorificada Batalla de la Vuelta de Obligado.

En la política de Rosas y sus socios políticos y económicos había una actitud pragmática que entendía como deseable que los ingleses manejasen nuestro comercio exterior, pero que no admitía que se apropiaran de un territorio que les diera ulteriores posibilidades, que pudieran interferir los negocios y privilegios de las oligarquías terratenientes de las que formaba parte y con las que durante un tiempo estuvo aliado. Ese es el “progresismo” de Rosas que la izquierda  aplaude. Se olvidan de los treinta años de estancamiento.

Lo que postulo como prioritario, además de una Política de Estado sin entreguismo ni concesiones, es una política que termine con el autoritarismo y centralismo de los últimos doce años. El de una mafia gobernante como no ha existido en ningún país del mundo. Ya no la corrupción tradicional del “diego” en la obra pública, ni la de “Robo para la corona” de Menem-Manzano. Me refiero a la mafia estructural, organizada, que no parece que preocupe demasiado al gobierno de MM (las MM  serán un Maldición, Merde?!);  a la de “Robo para mí” (Báez), para los K y el entorno, para los “Sueños Compartidos” con De Vido, para la  “política” según José López, el de las “cooperativas” clientelísticas, el  de la Aduana y el narcotráfico, el de los funcionarios que “controlaban” los precios y las obras….y no sigo. Una Mafia siglo XXI,  con su Kapomafia,… como corresponde.[

 

 

 

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